De la pandilla a la banda. Transformaciones de la violencia pandilleras en barrios marginales de Cali. Jorge Ordoñez Laverde.

28.06.2019.

El artículo de análisis de Ordoñez Valverde  se  propone  señalar  algunas  características  y  plantear  algunas  hipótesis  sobre  la  transformación  reciente  del  conflicto  urbano  en  Cali  (Colombia),  a  partir  del  ingreso de los jóvenes de pandillas a las bandas criminales. Se basa en entrevistas a pandilleros de los barrios Marroquín en Aguablanca y Alfonso López, a líderes comunitarios y a un miembro de una banda criminal. Se trata de observar cómo este fenómeno causa transformaciones en el ethos cultural de las pandillas: transformaciones en la manera en que habitan su territorio, su uso del tiempo, las motivaciones y razones que aducen para ejercer  la  violencia;  y  también  modificaciones  psicológicas  y  sociales  como  el  tipo  de  configuración emotiva -el modelamiento de sus emociones y sentimientos- (Elías, 1990), que se adapta a una progresiva racionalización de la violencia. La tesis central es que la violencia pandillera muta en dirección a una progresiva instrumentación, a una racionalidad utilitaria que también moldea su psicología.

Sus conclusiones son pertinentes en el proceso de construcción del Modelo urbano de Paz que impulsa la Secretaria Territorial de paz.

Introducción.

Cali  (Colombia)  es  una  ciudad  especialmente  violenta  en  un  país  histórica-mente violento3. En el año 2013 la tasa de homicidios en la ciudad era de 82 por cada cien mil habitantes, 66 en 2014 y 56 en 2015; aunque ha disminuido significativamente sigue siendo la más alta del país en los grandes centros urbanos. La delincuencia organizada en torno al tráfico de cocaína es en buena parte responsable de esa violencia, pero hay que reconocer que existen otras violencias que  no  parecen  tener  una  base  objetiva  tan  clara  como  el  narcotráfico  donde  la  pugna  entre  los  actores  en  conflicto  sigue  un  ordenamiento  estratégico  de  monopolios de distribución y reglas del negocio. Hay otras violencias contra la mujer, la familia, las riñas callejeras, las guerras de pandillas, que se rigen por otras  racionalidades  más  bien  poco  estudiadas,  y  sobre  las  cuales  las  ideas  de  una cultura de la violencia pueden dar alguna luz. La  historia  de  las  organizaciones  criminales  en  Cali  dedicadas  al  narcotráfico puede, si se quiere, describirse en tres etapas: la primera de ellas entre 1985 y  1996  cuando  se  consolida  el  cartel  y  Cali  se  convierte  en  la  capital  mundial  del  narcotráfico;  la  segunda  entre  1996  y  2002  que  incluye  la  desarticulación  del Cartel de Cali y el ascenso del Cartel del Norte del Valle; y la tercera que va de 2002 a nuestros días en la cual se presentan disputas entre asociaciones de narcotraficantes  y  la  entrada  de  las  bandas  criminales  nacionales  al  territorio  vallecaucano. En cada uno de estos períodos la organización criminal en torno al tráfico de drogas establece un conjunto de alianzas y conflictos entre los carteles y otros grupos delincuenciales como las llamadas oficinas de cobro4, las organizaciones de limpieza social5, las bandas delincuenciales, las pandillas, las guerrillas y las redes  de  expendio  de  droga  al  detal.  Esto  varía  en  cada  uno  de  los  momentos  enunciados creando distintas figuraciones sociales y campos de conflictividad. En esta investigación interesa la última fase del último período y en particular la relación entre la delincuencia organizada y las pandillas de sectores empobrecidos en los barrios Marroquín y Alfonso López. En  este  último  período  el  campo  de  la  violencia  urbana  en  Cali  ha  venido  transformándose de manera muy acelerada (aunque es difícil señalar una fecha, varios informantes coinciden en que podría ser a partir del 2012). Este cambio se ha dado por la progresiva penetración de las bandas criminales en los negocios del microtráfico urbano, la extorsión a los tenderos y los pequeños y medianos comerciantes en los barrios, además de la extensión de los servicios propios de las  llamadas  oficinas  de  cobro,  (seguridad,  cobro  de  cartera,  ajuste  de  cuentas,  sicariato, etc.). La criminalidad organizada está reclutando algunos jóvenes pertenecientes  a  las  pandillas  de  los  barrios  marginales.  Jóvenes  que  han  ganado  fama por el ejercicio de la violencia, jóvenes que destacan por su liderazgo o su 3 El 75% de las 60 ciudades colombianas tuvo entre 1991 y 2010 una tasa de homicidios por encima de 30 por cada cien mil habitantes. En 2016 la tasa nacional fue 25,9.4 Organizaciones que ofrecen un portafolio de servicios a otras organizaciones criminales e incluso a particulares; que va desde la intimidación y las amenazas hasta el asesinato.5 Asociaciones entre comerciantes, agentes del orden, fuerzas parapoliciales que se dedican a asesinar a drogadictos, ladrones, indigentes, homosexuales, entre otros.

Este reclutamiento transforma la vida de estos jóvenes y modifica la estructura del campo de conflicto urbano. La violencia deja de ser cosa de identidad y de honor, y se “profesionaliza” para ser usada en el mundo de los negocios ilegales. El propósito de este artículo es examinar algunas características de esas transformaciones, con la hipótesis de que la violencia pandillera se mueve entre un polo  ritual  y  emocional  –de  fuerte  carga  afectiva–  y  otro  polo  instrumental  y  racional despojado de su emocionalidad y de su simbolismo original. El modelo teórico está inspirado en las tesis sobre el proceso civilizatorio de Norbert Elías (Elías, 1990) y algunos de sus continuadores (Spieremburg, 1998), en las cuales los fenómenos  sociales  y  la  subjetividad  son  procesos  que  se  determinan  mutua-mente, y en el entendido de que la estructura de las relaciones sociales determina (parcialmente) el modelamiento de las estructuras psíquicas. Esta investigación está basada en una metodología etnográfica, usa algunas fuentes  secundarias  y  se  apoya  fundamentalmente  en  testimonios  de  testigos  y protagonistas de la violencia urbana. Tiene como antecedentes las investigaciones sobre la cultura pandillera en sectores marginales de Cali, realizadas por el autor. Se basa en un conjunto de entrevistas obtenidas entre junio de 2014 y agosto de 2015 con miembros de la pandilla del Palo en el barrio Marroquín II, en el distrito de Aguablanca; y en el barrio Alfonso López con la pandilla Patio-quinto  del  sector  del  jarillón  del  río  Cauca.  También  se  realizaron  entrevistas  con  varios  líderes  comunitarios  de  ambos  sectores  que  han  sido  testigos  del  acontecer del barrio. Con la pandilla en Aguablanca hay una relación previa que se remonta a la co-laboración con un proceso de rehabilitación con base en la justicia restaurativa. Este grupo de diez o doce muchachos ha cambiado en el tiempo, y son testigos privilegiados del acontecer del barrio; con cuatro de ellos se realizaron sendas entrevistas. Del barrio Marroquín II, –donde tiene asiento la pandilla– también dieron testimonio tres líderes comunitarios (informante 3) que han observado la transformación de las pandillas y la evolución del negocio del microtráfico. En Alfonso López el testimonio viene de dos viejos informantes con los cuales había un trabajo previo y que relatan lo que han visto de la penetración de las bandas criminales (informante 2). A esto hay que añadir apartes de varias entrevistas realizadas a un miembro de una banda criminal que paga prisión en la cárcel de Buga (informante 1), y que habla de cómo funciona la delincuencia organizada; además de documentos periodísticos para contextualizar la historia del narcotráfico en el Valle del Cauca. Con la comunidad del barrio y con los pandilleros entrevistados ha habido un proceso previo de trabajo etnográfico de varios años; ya se ha establecido una buena relación (rapport) y se han hecho ejercicios previos de interpretación de significados de la violencia. Ha sido como la continuación de un diálogo inicia-do mucho antes. Para este artículo se privilegia la información obtenida directamente de las entrevistas, pero no debe desconocerse la construcción dialógica de conocimiento que le precede y en la cual se basa la interpretación de los significados sociales. Estos testimonios se completan con información de revistas que contextualizan un poco la historia del narcotráfico en el Valle del Cauca.

Las  pandillas  en  los  barrios  empobrecidos  al  margen  de  la  ciudad  de  Cali  solían  ser  pequeños  grupos  de  jóvenes  unidos  por  fuertes  lazos  emocionales;  una suerte de comunidad afectiva controladora y violenta (Cerbino, 2006). Ellos “parchaban” 6 juntos en las esquinas, jugaban fútbol en la calle, se drogaban en los rincones de sus dominios y defendían su territorio con un cuchillo. Eran jó-venes marginales, por fuera de la escuela y del trabajo, repudiados por la comunidad, que se dedicaban de manera poco sistemática a la delincuencia común (Perea, 2007; Rubio, 2007; Valenzuela, Nateras & Reguillo, 2007; Vigil, 1988). Un estudio revela que su realidad cotidiana –violenta y marginal– era y sigue siendo un terreno fértil para el desarrollo de ciertos valores y creencias asociados a la masculinidad, a los códigos de honor y a una religiosidad mágica, que enaltecen y  valoran  positivamente  la  acción  violenta  (Ordóñez,  2015).  En  otras  palabras:  hay  una  cultura  que  subyace  y  que  da  un  sustento  narrativo  e  ideológico  a  la  violencia  de  las  pandillas,  y  está  representada  por  los  sistemas  culturales  del  género, del honor y de la religiosidad. Puede decirse que la violencia entre pandillas cumplía en muchos aspectos una función ritual y que esta violencia tiene un alto contenido de emocionalidad, aspectos que se resumen en la idea de que la pandilla es una comunidad honorífica.  En  los  conflictos  con  las  pandillas  rivales,  la  enemistad  prescinde  con frecuencia de razones objetivas y se basa en odios tradicionales que se heredan por el simple hecho de pertenecer a bandos contrarios. También ocurre que las pruebas de masculinidad entre pares implican la demostración de valentía y solidaridad con el grupo, y audacia y crueldad contra el enemigo, de manera que los valores de la masculinidad se afirman mediante la violencia, más allá de las causas objetivas y estructurales de los conflictos. Lo que resulta determinante es la manera como los pandilleros interpretan los conflictos, y por eso cualquier problema es visto como una ofensa a la dignidad y al orgullo, y hasta a las cosas más triviales se las reviste de una severa trascendencia e importancia. Resolver los  conflictos  con  violencia  sanciona  una  forma  de  superioridad  y  encumbra-miento social a los ojos de los demás. Aquel capaz de un mayor nivel de violencia, de los actos más irreflexivos y más temerarios, de una mayor brutalidad, se gana el “respeto”, el temor y la admiración de sus pares. En los episodios de venganza de las pandillas no importa mucho el tipo de problema,  a  veces  ni  siquiera  la  identidad  o  responsabilidad  de  la  víctima;  lo  importante es matar un miembro cualquiera de la pandilla rival como ocurre en los crímenes de sangre en las sociedades tradicionales. Esto significa que el en-tramado social ha hecho de la violencia una relación social7 (Bettelheim, 1998), que hay una organización del grupo donde la rivalidad es fuente de identidad y  cohesión;  significa  que  la  violencia  no  es  la  consecuencia  indeseada  de  un  conflicto puntual, sino que es una estrategia de socialización y un valor. Que la 6  Hace referencia –en el lenguaje coloquial– al hecho de reunirse en un sitio.7  Aunque esta idea se puede deducir de varios autores, Bettelheim (1998) es especialmente claro en su texto “La violencia, un modo de relación social olvidado”. Contradice la afirmación de que la violencia es el fracaso de la relación social y reconoce su valor cohesionador y forjador de la identidad de grupo.

Violencia está institucionalizada como un deber y que configura lo que se conoce como un código de honor. Este artículo comienza con una breve contextualización de las últimas transformaciones del campo del conflicto urbano en Cali, y luego procede a describir el  cambio  de  la  vida  en  la  pandilla  a  la  vida  en  la  banda,  usando  una  serie  de  categorías  que  son:  el  territorio,  el  tiempo,  el  significado  de  la  violencia  y  la  subjetividad.

Las conclusiones de Ordoñez Laverde.

Los  testimonios  sobre  la  violencia  urbana  recogidos  con  las  pandillas  y  los  líderes comunitarios en el sector del jarillón del río Cauca en Alfonso López y en el barrio Marroquín II en el distrito de Aguablanca muestran una transformación de la conflictividad violenta de los grupos de jóvenes, que cada vez depende menos de las funciones rituales de afirmación identitaria y resistencia a la marginación. Al parecer la violencia en estas calles está cada vez más movida por la racionalidad utilitaria de las economías ilegales, y esto ocurre por la progresiva penetración  de  la  delincuencia  organizada  en  los  barrios  con  el  propósito  de  controlar y monopolizar el tráfico y expendio de drogas. Cuando los jóvenes de las pandillas se van involucrando con las bandas criminales la violencia se vuelve un instrumento para obtener ganancias y beneficios en torno a un negocio muy lucrativo. De esta manera, los actores de violencia van mudando sus motivaciones, su manera de usar el tiempo, su manera de ha-bitar el territorio, e incluso el control de las emociones. Las motivaciones o justificaciones de la acción violenta se apartan del resentimiento por la condición marginal y la construcción de la masculinidad; y pasan a ser la ganancia económica y las reglas del negocio. El uso del tiempo pasa del tiempo paralelo, ocioso y marginal de las pandillas al tiempo productivo y diligente del trabajo ilegal. El territorio pasa de referente identitario a corredor estratégico. La subjetividad del joven  violento  se  vuelve  más  reflexiva  y  autocontrolada,  porque  en  el  mundo  del crimen organizado es mejor no matar con rabia; se pasa del odio al enemigo a la fría racionalidad de la transacción comercial. Los cambios en la subjetividad del joven pandillero, su configuración emocional parece modelada por la preeminencia de un mecanismo psicológico inconsciente que se llama aislamiento emocional. Mediante este mecanismo de defensa las acciones se desligan de los sentimientos y emociones que deberían acompañarle, y de esta manera se extinguen la compasión y el sentimiento de culpa. Una recomendación para procesos de intervención con jóvenes delincuentes es orientar el trabajo psicológico a una emergencia de la culpa, la empatía y la compa-sión en estos sujetos. El problema ahora se hace más complejo porque el ingreso en bandas criminales implica para los sujetos una exacerbación de los mecanismos de aislamiento emocional, además de generarles pingües ganancias económicas.

Fuente: http://sociedadyeconomia.univalle.edu.co/index.php/sociedad_y_economia/article/view/3880/5916

Publicado por:
David Macias
June 28