Paz territorial en el Valle del Cauca y protesra civica. Horacio Duque.

El 21 de Noviembre ocurrio un acontecimiento historico en Colombia. La multitud salio a las calles.

La paz y su implementacion en las regiones y en todo el pais han desatado una transicion politica en Colombia que esta visibilizando nuevos actores y sujetos politicos y sociales. El paro civico del pasado 21 de noviembre mostro otras facetas de la sociedad colombiana y en Cali y el Valle del Cauca fue muy intensa la movilizacion ciudadana. Todo ello debe explicarse desde la construccion territorial de la paz. Ponemos a consideracion de los usuarios del Observatorio de Paz del Valle del Cauca varias opiniones sobre este acontecimiento historico que representa un hito en la historia de Colombia.

Perdedores, ganadores y enseñanzas del 21N y 22N

La policía ha tenido días difíciles y de mucho trabajo. Juan Carlos Ruiz

Los manifestantes pacíficos, los vándalos, el presidente Duque, el gobierno, los políticos, la policía, la clase media, las redes sociales y los alcaldes fueron los actores de las dos jornadas de movilización: ¿pero quiénes ganaron y quiénes perdieron?

¿Qué está cambiando?

Las manifestaciones del 21 y 22 de noviembre de 2019 mostraron un cambio importante en Colombia.

En un país poco acostumbrado a la protesta social de masa, estas manifestaciones aglutinaron a sectores muy variados —y sin distinción de clases sociales—. A pesar de la violencia y los estragos, no hubo muertos y, por primera vez, una clase media que poco acostumbra a expresarse en la calle mostró su gran malestar por medio de la resistencia civil.

En estas marchas hubo ganadores y perdedores, pero sobre todo lecciones aprendidas.

Perdió el presidente Duque

Entre quienes pueden considerarse los perdedores de la jornada, está en primer lugar el presidente Duque, que dio señales preocupantes de desgobierno. La violencia desmedida, varias ciudades con toque de queda y una policía que pareció no dar abasto provocaron la sensación de que el Ejecutivo no sabía cómo reaccionar ni comunicar.

Además, la propuesta de una “conversación nacional” —que no es más que una copia del “gran debate nacional” que propuso Macron en Francia para dar respuesta al movimiento de los Chalecos Amarillos— por lo pronto no se entiende. No se ve la diferencia con los consejos comunales “Taller construyendo país”, y no es claro cómo podrían servir para aquietar el descontento.

El paro encontró mal parado al presidente, personal y políticamente.

El paro encontró mal parado al presidente, personal y políticamente. A sus preocupaciones familiares se sumaron su baja popularidad, poco ascendiente sobre el partido de gobierno, las salidas en falso y desencuentros de su equipo y, el mal momento que atraviesa su mentor y principal apoyo, el expresidente Uribe, con niveles de popularidad cada vez más bajos e incurso en causas judiciales serias.

Esta es una triste situación para Iván Duque, que tiene cualidades interesantes y necesarias para ser un buen gobernante: su mesura y ponderación, su inclinación a concertar y la prudencia que ha mostrado al desoír los cantos de sirena o los llamados radicales de algunos sectores de su partido y de la sociedad.

El talante de líder es esencial para hacer que las horas negras se conviertan en momentos memorables. La manera como el presidente Duque afronte y resuelva esta crisis social, lo condenará o lo absolverá. Lamentablemente, sus intervenciones televisivas no parecen haber sido convincentes.

Las marchas han acogido un descontento generalizado pero que no tiene una causa única.

Perdió el gobierno nacional

A raíz de las movilizaciones, el gobierno perdió todo margen de maniobra para presentar sus proyectos especialmente urgentes y sensibles, como el pensional y el laboral —e inclusive, tal vez, la reforma tributaria que se le cayó y que parece ser impostergable—.

La marcha ha demostrado que la reacción ante reformas que benefician o parecen beneficiar apenas al sector empresarial y financiero puede ser crítica y radical.

En últimas, el gobierno abrió la caja de Pandora y despertó a sectores de la clase media que no acostumbran a manifestarse. Golpeada por las reformas tributarias, la disminución del poder adquisitivo y el aumento desmedido del predial, la clase media, tradicionalmente apática y mimetizada con los partidos tradicionales, parece haber despertado y no está dispuesta a hacer concesiones sobre los derechos que ha ganado.

Perdieron los políticos

Colombia acusa una falta de liderazgo evidente. Ningún jefe o director de partido rodeó al gobierno o se adhirió de manera franca a la protesta. Tampoco sus mensajes, si acaso los hubo, estuvieron presentes. Fueron irrelevantes durante el 21 y 22N.

El único que trató de capitalizar la protesta, de manera oportunista y disruptiva, fue Gustavo Petro con su invitación a continuar el paro. Sus palabras no cayeron bien en las redes sociales y fueron juzgadas como irresponsables incluso por líderes sindicales.

Políticos avezados, como el expresidente Uribe no han logrado tampoco medir la temperatura de este nuevo fenómeno social y siguen enfrascados en destapar la gran conspiración comunista continental.

En ese sentido, perdieron los partidos políticos, los políticos y los presidenciables, que pasaron de agache.

Perdió la policía

Igualmente perdió la policía, que por momentos dejó la sensación de que no daba abasto con los múltiples focos de protesta. La protesta llegó a estar por fuera de control, a punto tal que se hizo necesario decretar toque de queda y militarizar a varias ciudades, comenzando por la capital.

Como sucede a menudo, la llegada de los militares fue celebrada por vecinos y comerciantes, aunque el trabajo duro y difícil ya lo había hecho la policía.

A pesar de su labor adelantada con gran organización y planificación, fueron destruidos algunos sitios neurálgicos, que se suponía estaban bajo control directo de la Policía.

Los excesos del ESMAD y la policía fueron denunciados por manifestantes a través de las redes sociales.

Por otro lado, los excesos del ESMAD y la policía fueron denunciados por manifestantes a través de las redes sociales. En algunas ocasiones se utilizó la fuerza ante manifestantes pacíficos.

Resulta imperiosa una autocrítica por parte de la oficialidad sobre qué falló y en qué se acertó. En este diagnóstico vale la pena responder algunas preguntas: ¿Por qué no logró detenerse el pillaje en zonas de control de la fuerza pública? ¿Faltó pie de fuerza? ¿Por qué policías aislados cayeron en manos de los manifestantes que los avasallaron? ¿Qué pasó con la movilidad del escuadrón móvil? ¿Hubo fallas en la comunicación hacia la ciudadanía? ¿Cómo frenar en el futuro los excesos?

¿Debemos pensar en una reforma del ESMAD?

¿Acabarán las manifestaciones?

Las manifestaciones van creando las propias condiciones para su finalización. Las marchas prolongadas se van marchitando. Lentamente van ganando más antipatías que seguidores si son disruptivas.

Un ejemplo son las manifestaciones de los Chalecos Amarillos en Francia, que han perdido aliento. De 282.000 manifestantes en Paris en noviembre 2018, el pasado sábado apenas llegaron a reunirse 28.000. En Hong Kong, después de manifestaciones multitudinarias en las calles, la protesta se encuentra confinada a un campus universitario.

Los comerciantes que ven sus negocios vandalizados o que no pueden abrir día tras día, son los primeros que comienzan a oponerse a la protesta violenta prolongada. La gente del común, que no cuenta con transporte o no puede presentarse al trabajo, va tomando distancia hacia las manifestaciones. Los vecinos de conjuntos que no pudieron dormir cuidando sus propiedades ganadas con mucho esfuerzo y ahorro comienzan a ver con antipatía el desorden.

¿Quiénes ganaron?

En primer lugar, ganaron los colombianos con el “cacerolazo”. Esta resistencia civil, pacífica, espontánea e inédita para Colombia puso a pensar por primera vez sobre la posibilidad de la renuncia del presidente. Más que la misma manifestación con sus demostraciones pacíficas o las acciones vandálicas posteriores, las cacerolas fueron el mensaje más claro sobre un gran malestar. Son una señal de alerta para el gobierno.

Además, el “cacerolazo” desmontó la hipótesis de sectores radicales sobre una infiltración de gobiernos foráneos o de la subversión, para mostrar que había un hastío auténtico que estaba atragantado de tiempo atrás.

Una gran ganancia es que, hasta el momento de escribir este análisis, no ha habido un solo muerto. En contraste, las protestas en Chile dejaron 23 muertos y 2.500 heridos; en Ecuador hubo ocho muertos y 1.340 heridos; y las manifestaciones en Bolivia han dejado hasta ahora 35 fallecidos. En Colombia, a pesar de los destrozos, no haber tenido muertos que lamentar es un verdadero alivio.

Otros ganadores son los manifestantes pacíficos, que dieron ejemplo al confrontar con la palabra a los violentos. Trataron de proteger a los policías, repudiaron a los vándalos, buscaron arreglar la degradación ocasionada y convirtieron su marcha en una verdadera fiesta con música, tambores, frases ocurrentes y actos lúdicos.

Por otro lado, las redes sociales ganaron, para lo mejor y lo peor. Demostraron su gran influencia. Gracias a ellas hubo un cubrimiento en tiempo real de la protesta y se denunciaron algunos excesos de la fuerza pública. Pero también desinformaron esparciendo rumores falsos que sembraron pánico entre residentes de conjuntos que se armaron pensando que serían robados por turbas. Y no hay que olvidar los falsos rumores, que señalaron una supuesta complicidad entre la policía y los saqueadores. Lamentablemente, se produjo un pánico gratuito y se trató de enlodar a la policía.

Paradójicamente, los vándalos también ganaron, pues pusieron en jaque a varias ciudades. Han mostrado ser un grupo heterogéneo que reúne a los Black Blocs anarquistas con jóvenes sin oportunidades y oportunistas del momento, que se aprovechan del desorden para sembrar el caos y manifestar su rabia contra todo lo que los ha excluido.

El Presidente no ha sido suficientemente contundente en sus alocuciones sobre las medidas para oír el descontento del paro.

El Presidente no ha sido suficientemente contundente en sus alocuciones sobre las medidas para oír el descontento del paro.

También ganaron los alcaldes, que se vieron más al mando de la situación que el mismo gobierno nacional. Los alcaldes de Cali, Mauricio Armitage, y de Bogotá, Enrique Peñalosa, estuvieron en control de la situación con sus equipos y gestores de convivencia, informando a los ciudadanos y tomando decisiones de fondo cuando la situación lo ameritó.

Los alcaldes de Barranquilla y Medellín tuvieron marchas mucho más tranquilas. Quizás sus niveles de favorabilidad contribuyeron en algo a que el 21N fuera pacífico gracias a sus mensajes de serenidad. El mensaje fresco del alcalde de Barranquilla invitando a una marcha pacífica fue fundamental en este propósito: “Si quieres marchar, te vamos a acompañar, te vamos a proteger. Hazlo. Con toda la confianza del mundo. Pero no violentes a tu ciudad, no golpees a tu ciudad…”.

Finalmente, en algo ganó la policía. Sigue siendo la institución protagonista del país. Sin ella el gobierno estaría en total desamparo. El sacrificio de sus hombres y mujeres fue el último baluarte antes del caos. Como dijo alguna vez un presidente colombiano: “La policía ha sido el oxígeno de mi gobierno”.

*Profesor titular de la Universidad del Rosario, Ph.D. en Ciencia Política de la Universidad de Oxford, máster en Administración Pública de la ENA (Francia), máster en administración de empresas de la Universidad Laval (Canadá), máster en Ciencia Política de la Universidad de los Andes.

Fuente: https://www.razonpublica.com/index.php/politica-y-gobierno-temas-27/12441-perdedores-ganadores-y-ensenanzas-del-21n-y-22n.html

Implicaciones, efectos y perspectivas del 21N.

Un cacerolazo entrada la noche resumió el descontento de la gente.

Andres DavilaUn recuento de lo sucedido en el paro nacional que comenzó el 21 de noviembre y preguntas sobre lo que puede pasar en los próximos días.

Andrés Dávila*

Antes del paro

La expectativa y la incertidumbre sobre el Paro Nacional que comenzó el 21 de noviembre venían en aumento desde hace ya varias semanas.

Algunas universidades suspendieron actividades ese día, tanto para proteger a sus estudiantes y profesores como para darles la posibilidad de asistir o no a las marchas. Mientras tanto, varias voces se sumaron a la movilización, incluidas algunas figuras del espectáculo, como Carlos Vives y la reina de belleza de Colombia.

Por su parte el gobierno militarizó las calles y llevó a cabo allanamientos preventivos, muchos de ellos desacertados. Todo eso dejó un mensaje en la ciudadanía.

El 21N

La jornada del 21 transcurrió según lo previsto: hubo múltiples movilizaciones de sectores muy diversos, que se encontraron y comenzaron a marchar en las principales ciudades del país.

Sectores extremos del Centro Democrático descalificaron a los marchantes y afirmaron que el paro estaba orquestado por el Foro de Sao Paulo y el castrochavismo. A pesar de lo anterior, el Gobierno reconoció el legítimo derecho a la protesta y, por ende, a la movilización ciudadana.

Durante muchas horas ese día, las noticias se centraron en las marchas multitudinarias en las ciudades y, en particular, en Bogotá. Desde un principio hubo vandalismo y desmanes, pero estuvieron focalizados y “bajo control”. Por eso, la percepción generalizada, inclusive entre los detractores, era la de una movilización pacífica, que daba lugar a gratas manifestaciones culturales, políticas e ideológicas.

Durante un tiempo, los detractores tuvieron que aceptar que el “inepto vulgo” había “evolucionado” en algo, aún si insistían en que debían prevalecer sus derechos a trabajar y a transportarse.

Después vino la violencia, aparentemente imposible de evitar, al menos en un futuro cercano. No más de veinte encapuchados, que no fueron identificados por el helicóptero de última generación que usó el Gobierno, arrancaron las polisombras de la Alcaldía, les prendieron fuego e intentaron ingresar al Palacio Liévano, al Palacio de Justicia y, luego, al Capitolio. Después, hechos similares ocurrieron en otros puntos de la ciudad.

La reacción no se hizo esperar. La idílica primera versión del paro cambió radicalmente, y los medios volvieron a la versión oficial de siempre: las marchas eran violentas y, por lo tanto, las autoridades no tenían más opción que reaccionar con fuerza.

Y entonces, sin ser novedosa, pero siéndolo, apareció la manifestación espontánea, sonora y contundente del cacerolazo. Sin saber cómo y sin querer, Bogotá y otras ciudades empezaron a sonar, y no entre los marchantes organizados y movilizados, sino entre la ciudadanía de todos los estratos.

La noche culminó con dos caras de la misma moneda:

La alocución presidencial, que se mantuvo en el mismo tono de desconexión e incapacidad de lectura de lo sucedido, y que se limitó a un balance de orden público propio del director de la Policía;

Y el toque de queda en Cali, que fue el preludio de lo que después se viviría en Bogotá: el miedo producto de los rumores, como detonante de un fácil recurso a autodefenderse y a celebrar la tardía presencia de la fuerza pública.

El suceso que causó la herida de gravedad a un joven de 18 años desactivó la estrategia de control y represión policial.

El suceso que causó la herida de gravedad a un joven de 18 años desactivó la estrategia de control y represión policial.

Los días siguientes

Es probable que la falta de empatía de Iván Duque exaltara aún más los ánimos. Como era de esperarse, el paro, los cacerolazos y también el vandalismo continuaron el viernes. Pero, a diferencia del jueves, la fuerza pública reaccionó con mayor velocidad y con más violencia.

El vandalismo se agravó en algunos puntos particulares de Bogotá. En la Plaza de Bolívar, un pacífico plantón fue rápidamente disuelto a punta de gases lacrimógenos. Después, se decretó un toque de queda parcial y posteriormente un toque de queda en toda Bogotá.

De nuevo, el día se cerró con las mismas dos caras de la noche anterior:

La alocución presidencial, en la que Duque anunció, por lo menos, un diálogo nacional con algunos de los sectores que promovieron el paro. Sin embargo, no se mencionó un posible diálogo con los partidos independientes y de oposición;

Y un nuevo escenario de miedo, ahora en Bogotá. En varios barrios, la gente salió con cacerolas a desafiar el toque de queda impuesto por el alcalde. En otros, las personas denunciaron que los vándalos trataron de entrar en los conjuntos residenciales de las clases medias y bajas en varias zonas de la ciudad. Pero el alcalde de Bogotá desmintió que eso hubiera sucedido.

A la hora de escribir esta crónica, están convocadas varias marchas y cacerolazos en diversas ciudades del país, incluida Bogotá. Ha sido difícil reactivar los servicios de transporte en la capital y un retorno a la normalidad no es todavía claro. También es incierto hasta cuándo llegará el paro nacional.

Paradójicamente, los excesos del Esmad en el centro de Bogotá y en el Parque Nacional y la aleve agresión contra un joven de 18 años que se debate entre la vida y la muerte frenaron la estrategia de represión. En la tarde y la noche marchas, cacerolazos y velatones fueron acompañadas por la fuerza pública en varias partes de Bogotá y en muchas ciudades del país y, por fortuna, los desmanes de los vándalos desaparecieron.

¿Qué esperar?

Después del anterior recuento, quedan algunas líneas de interpretación de lo que puede seguir.

En cuanto al inconformismo, el malestar y el cansancio de la ciudadanía, la gran pregunta es cómo se le dará una conducción política. Pese al esfuerzo por construir un conjunto de demandas creíbles en torno al supuesto “paquetazo neoliberal” del gobierno Duque, es evidente que no son los partidos independientes y de oposición, y mucho menos líderes como Petro o Fajardo, los que pueden canalizar lo sucedido.

La gran pregunta es: si no son ellos, ¿quién? En el sindicalismo, en el movimiento estudiantil y en las organizaciones indígenas tampoco hay quién tenga la capacidad, la experiencia y el alcance para hacerlo. Esta podría ser la oportunidad para que el diverso conjunto de organizaciones sociales se abra en sus repertorios, demandas y agendas. Pero, en cualquier caso, no es algo que se vea venir en el corto plazo.

En cuanto a lo sucedido en materia de seguridad en Bogotá y en Cali, la situación no es menos incierta. Pese a anunciar la apertura a un diálogo, el Gobierno Nacional mostró claras señales de debilidad, aislamiento, baja gobernabilidad e, incluso, divisiones internas, como quedó en evidencia con la filtración del diálogo entre Francisco Santos y la nueva Canciller, Claudia Blum.

El “tic autoritario” está demasiado a la mano. La lectura de la realidad que ha hecho Duque hace recordar la época de Julio César Turbay, y cabe preguntarse qué tan feliz está la cúpula militar y policial con el “rol callejero” que tan rápido se les ha asignado.

El gobierno de Duque no solo está desconectado de la ciudadanía, sino también de los asuntos críticos de seguridad, orden público y convivencia en las principales ciudades. El gobierno se ha victimizado, ha acusado a ciertos sectores y liderazgos políticos, y ha insistido en una supuesta conspiración política internacional. Pero esa interpretación no se corresponde con la realidad y cierra, innecesariamente, el margen de maniobra.

La primera alocución de Duque se redujo a un resumen sobre el orden público, como si fuese el comandante de policía

La primera alocución de Duque se redujo a un resumen sobre el orden público, como si fuese el comandante de policía

En este momento sería muy aventurado pensar en desenlaces posibles. Falta ver qué sigue la próxima semana y si el “efecto navidad” disuade y enfría las movilizaciones. Llama la atención, en todo caso, que a pesar del uso desmedido de la fuerza no ha habido muertos hasta este momento (aunque bien puede haberlos), y las situaciones más difíciles han sido controladas. Esto sería un quiebre si no se configura en una represión selectiva en lo que sigue.

Es también difícil decir si la reacción defensiva, basada en el miedo y en el rumor, aleja el apoyo y aumenta las posibilidades de violencia cruda entre ciudadanos. Habrá que seguir atentos.

* Politólogo, maestro y doctor en Ciencias Sociales de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO, México. Actualmente, profesor asociado y director del Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Javeriana.

Fuente: https://www.razonpublica.com/index.php/regiones-temas-31/12440-implicaciones-efectos-y-perspectivas-del-21n.html

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 Hernando Llano Ángel  Economía y Sociedad  25 Noviembre 2019  Visto: 435

21N en Cali y en Colombia: entre las luces de la democracia y la oscuridad del miedo

(Tiempo estimado: 5 – 10 minutos)

La gente salió a manifestar su descontento con el gobierno Duque.

Hernando LLanoLas manifestaciones de estos días han conjugado la esperanza con el miedo, el deseo de cambio con el oportunismo de los de siempre. Una situación inédita que las metáforas y los adjetivos casi no alcanzan a describir.

Hernando Llano Ángel*

Una mañana brillante

El 21 de noviembre de 2019 Colombia despertó con la democracia en las calles y se acostó con el miedo en sus casas. Y Cali fue la primera ciudad que vivió esa metamorfosis política y social.

En la mañana, la indignación altiva y festiva de la clase media se tomó las calles. La protesta social fue masiva, cordial y recreativa, entre tambores y saltos del Guasón, sin violencia ninguna.

El Centro Administrativo Municipal de Cali no tuvo espacio para albergar tanta diversidad y alegría rebelde, la multitud desbordó la plazoleta y colmó todo el Paseo Bolívar. Una expresión más de esa nueva ciudadanía democrática, intergeneracional y transgénero, diversa y animalista.

Una ciudadanía que siente y defiende con igual respeto y coherencia la vida vegetal, fluvial, marítima, animal y la dignidad humana, como un pluriverso total e indivisible, del cual todos somos parte. Una ciudadanía que se rebela contra esa voraz subespecie de narcisistas tiránicos que degradan la vida a mercancía y plusvalía bajo la coartada de una democracia cuyo verdadero nombre es mercadocracia.

Contra esa subespecie gobernante y dirigente se vienen expresando millones de ciudadanos de clase media en todo el mundo, reclamando una democracia real que supere los límites de los privilegios y las ganancias de esa minoría que aumenta su patrimonio especulando con nuestras necesidades.

Reclamamos derechos universales a educación, salud, vivienda y seguridad social, no subsidios y prebendas paliativas que condenan a las mayorías a una vida indigna, precaria y subordinada a sus redes clientelistas.

Y como ciudadanía de clase media, valoramos y respetamos la vida de los líderes y defensores de lo público, de los derechos humanos. Por eso nuestra protesta fue altiva y pacífica. Así culminó ese mediodía de democracia de clase media.

Y llegó la noche

Pero todo cambió y la movilización de esa clase media democrática desapareció de las calles. El alcalde Maurice Armitage, deplorándolo, decretó el toque de queda a partir de las 7 de la noche.

El jolgorio democrático de la clase media desapareció de las calles y estas empezaron a poblarse de jóvenes ansiosos, excluidos y rabiosos. Frente a la Fuerza Pública su rabia fue creciendo, hasta volcarse violentamente contra todo el bienestar que el mercado les niega y los derechos que el Estado les brinda en forma precaria y costosa: el transporte, la salud, la educación y el trabajo.

Las manifestaciones fueron numerosas, pacíficas y creativas.

Las manifestaciones fueron numerosas, pacíficas y creativas.

Entonces el caos, la destrucción de los bienes públicos, el saqueo del comercio y de bienes privados convirtió la cívica protesta de clase media en una batalla campal de pobres desarraigados contra pobres uniformados. En pocas horas pasamos de una mañana democrática a una tenebrosa noche de miedo familiar.

El 21 de noviembre de 2019 Colombia despertó con la democracia en las calles y se acostó con el miedo en sus casas.

Muchos de aquellos que al mediodía se portaron como ejemplares ciudadanos, en la noche pasaron a ser furiosos y temibles defensores del patrimonio familiar, aupados por un miedo exacerbado, difundido por las redes sociales.

Y estas escenas se repitieron en Bogotá el 22 de noviembre, donde también el miedo ingresó en la noche a las unidades residenciales, acompañado del ruido de cientos de miles de cacerolazos y de familias armadas con sus utensilios domésticos: escobas, cuchillos, sartenes y palos.

Puede leer: Implicaciones, efectos y perspectivas del 21N

¿Del civismo al fascismo?

De repente el civismo pareció transformarse en fascismo. Aparecieron armas de uso exclusivo de las fuerzas militares, escopetas del abolengo familiar, rústicas pistolas, cuchillos, machetes, bates, se oyeron disparos y tomó cuerpo un pánico colectivo que legitimaba la autodefensa familiar y social.

En las redes sociales circularon nuevamente las arengas de Carlos Castaño y muchos admiraron su “clarividencia y valor”, dispuestos a seguir su ejemplo en las ciudades. Tal parece que ese es el mayor peligro que vivimos en la actualidad: promover una violenta polarización social, donde supuestos “ciudadanos de bien” se enfrentan a “hordas de desadaptados”, vándalos y terroristas.

Todo ello estimulado por el miedo y una conciencia ciudadana según la cual hay una violencia buena –la que defiende nuestros bienes y estilo de vida— contra otra violencia mala y demoníaca que nos amenaza de muerte.

Pero tal maniqueísmo político y social olvida que la génesis de esa violencia mala es una violencia buena, supuestamente legítima, que muchos se niegan a ver y cuya barbarie y crueldad empiezan a revelarse gracias a la Jurisdicción Especial para la Paz, la Comisión de la Verdad, la Unidad de Búsqueda de personas dadas por Desaparecidas (cerca de 80.000) y los recientes encuentros entre excomandantes paramilitares y exguerrilleros.

Le recomendamos: El gobierno permite el porte de armas: ¿buena idea?

El vandalismo institucional

Millones de electores han olvidado los cerca de cinco mil “falsos positivos” y los billones de pesos defraudados en negociados como Invercolsa, Agro Ingreso Seguro, Reficar, Hidroituango y los entramados ilegales de muchas EPS, para no mencionar las tramoyas ilegales tejidas en el Congreso y las altas Cortes y las campañas presidenciales financiadas por Odebrecht.

Si todo lo anterior fuera tan visible a nuestros ojos y ofensivo a nuestra sensibilidad moral como lo son los destrozos en bienes públicos y privados dejados durante estos días de paro, no soportaríamos el paisaje de muerte y putrefacción de esos miles de cadáveres de jóvenes (“falsos positivos”) esparcidos en las calles y la ruina de cientos de hospitales, escuelas, universidades, casas e infraestructura causada por el robo continuado.

Pero ese vandalismo institucional y sus responsables se ocultan muy bien tras esa mampara de “democracia ejemplar” que se escenifica en las elecciones y en los discursos oficiales. Pero no se puede seguir ocultando tanta desfachatez, por más trajes, condecoraciones, bandas presidenciales y uniformes que traten de disimularla y revestirla de legitimidad democrática.

En pocas horas pasamos de una mañana democrática a una tenebrosa noche de miedo familiar.

Ya va siendo hora de que Duque despierte de su autismo y narcisismo presidencial. Que deje de ser ese infante patético que, con el tono enérgico y vacío de sus alocuciones, vive obsesionado con el orden público y la seguridad, creyendo que eso basta para gobernar. Debería recordar el famoso aforismo: “Con las bayonetas pueden hacerse muchas cosas, menos sentarse sobre ellas”.

Brotes de violencia también se presentaron durante el paro.

Como presidente piadoso, egresado de la Universidad Sergio Arboleda, más le convendría tener presente el siguiente consejo pontificio: “La seguridad de los ricos es la tranquilidad de los pobres”, y saber que esta última solo se alcanza con políticas sociales y no con toques de queda.

El desafío democrático

Por todo esto, el mayor desafío para los recién electos alcaldes y gobernadores es reconstruir una gobernabilidad democrática de carácter social y no clientelar, desde la ciudadanía, desde los barrios y veredas. Y renunciar del todo a los acuerdos burocráticos con Concejos y Asambleas y sus tramoyas corruptas, principales responsables de las emergencias sociales y las disrupciones violentas que estamos viviendo.

Por nuestra parte, como ciudadanos, no podemos caer en la pesadilla de las autodefensas vecinales y menos permitir la manipulación de nuestro juicio por el miedo mediático de las redes sociales y el oportunismo de falsos mesías de izquierda o de derecha que se anuncian como salvadores providenciales.

No más divisiones maniqueas de ciudadanos de bien contra vándalos y ciudadanos del mal. La democracia necesita gobernantes ciudadanos, como los electos oportunamente en Bogotá, Medellín y Cartagena, representativos de esa clase media que cívicamente se expresó el pasado 21 de noviembre.

Ellos asumen el mayor desafío: responder ejemplar y pulcramente, con políticas sociales en lugar de toques de queda, a las expectativas y necesidades populares inaplazables. De lo contrario, nos esperarán muchas noches más largas y tenebrosas, sin aún haber despertado de la que se ha prolongado por más de cincuenta años.

Pero toda parece indicar que la aurora democrática empieza a despuntar, lenta y dolorosamente, como siempre ha sucedido en muchos otros lugares. Ahora depende de todos nosotros, como ciudadanos y ciudadanas que se haga realidad. La democracia es un asunto terrenal, no celestial.

No esperemos milagros y muchos menos salvadores entre patricios, plebeyos o militares. Basta mirar a nuestro alrededor: Venezuela, Bolivia, Ecuador, Brasil, Argentina y Chile, en donde ya la ciudadanía está tomando conciencia que el problema supera a los gobernantes, puesto que el meollo está en el mismo régimen y sus lógicas excluyentes, criminales y depredadoras, derivadas de la simbiosis entre el Estado y los poderes de facto.

El ESMAD en muchos casos dispersó las marchas que se hacían sin violencia.

Esta transición histórica apenas está comenzando y su horizonte es incierto, se debate entre la noche del miedo o el amanecer de una auténtica democracia de ciudadanos, que nos exige a todos lucidez, coraje y sacrificio, para no extraviarnos en los espejismos de utopías o autoritarismos mesiánicos, de derecha o izquierda, solventados en el miedo y en la desesperación.

* Politólogo de la Universidad Javeriana de Bogotá, profesor Asociado en la Javeriana de Cali, socio de la Fundación Foro por Colombia, Capítulo Valle del Cauca. Publica en el blog: calicantopinion.blogspot.com.

Fuente: https://www.razonpublica.com/index.php/econom-y-sociedad-temas-29/12439-21n-en-cali-y-en-colombia-entre-las-luces-de-la-democracia-y-la-oscuridad-del-miedo.html

La irrupción de la protesta social en la agenda política del país. Armando Neira.

Los enormes reclamos sociales y cacerolazos, son el mayor reto para el presidente Duque.

Concentración del paro en Popayán

El jueves pasado, miles de ciudadanos salieron a marchar en buena parte del país y confluyeron en una sola voz para expresar su inconformidad social.

23 de noviembre 2019.

La inconformidad expresada por un amplio sector de la sociedad en el paro nacional del jueves y en los cacerolazos nocturnos se convierte en la más dura prueba para el presidente Iván Duque. De las decisiones que él tome depende no solo la posibilidad de pasar la página de esta coyuntura sino, incluso, su papel en la historia como mandatario. De esa magnitud es la situación.

Duque tomó nota de los mensajes en contra de su gestión y anunció su disposición para entablar una nueva forma de gobernar: “A partir de la próxima semana daré inicio a una conversación nacional que fortalezca la agenda vigente de política social”, dijo en la noche del viernes. Un mensaje que amplió ayer:

“Estaremos habilitando conversaciones sobre temas que son de sensibilidad del país: cómo avanzar en la lucha contra la corrupción, proteger el medio ambiente y cómo asegurar políticas sociales y económicas de crecimiento con equidad”.

El primer cara a cara será este miércoles. Se trata de un primer paso para tender nuevos puentes de comunicación entre el mandatario y la sociedad. En amplios sectores existe la idea de que el Presidente no escucha el clamor general.

Él afirma lo contrario y muestra ahora estar dispuesto no solo a oír, sino a llegar a las “reformas” que el país requiere para superar las razones de las marchas que hicieron palpable semejante estado de desazón y descontento.

En un principio, el Comando Nacional Unitario, conformado por las centrales CUT, CTC, CGT y CPC, convocó un paro nacional para este jueves 21. A medida que se acercaba la hora cero, se sumaron varias organizaciones sindicales, sociales, estudiantiles, indígenas, ecológicas y ambientalistas. En su momento era difícil prever la magnitud de la jornada.

Julio Roberto Gómez, presidente de la CGT, se declaró sorprendido ante el resultado: “Fue una marcha majestuosa, una manifestación cívico-popular que las mismas centrales obreras nunca llegamos a imaginar que fueran a ser tan gigantescas las movilizaciones y expresiones populares”.

Expresiones que fueron más allá de lo presupuestado por los convocantes. “El cacerolazo no tiene nada que ver con nosotros”, confesó Gómez. Esta revelación abrió otro escenarios. Marchas, protestas, bloqueos y hasta ataques a las infraestructura han tenido todos los gobiernos. Lo nuevo fueron los cacerolazos.

Detrás de esta simbólica forma de expresar rechazo no hay un partido político, un colectivo específico, sino que surgió de un sentimiento de enojo por el estado de las cosas. Se trata de una forma de protesta social que va más allá de los reclamos que llevaban en sus consignas los sindicatos. Son ciudadanos libres e indignados por múltiples razones, y así lo hicieron sentir.

El cacerolazo empezó en la noche del jueves en los barrios recostados sobre los cerros del centro de la capital, cercanos a la Casa de Nariño. En cuestión de segundos, el sonido seco del golpeteo se extendió por toda la Sabana, y luego su eco llegó a otras ciudades. Muchos golpeaban sus tapas, ollas, cacerolas en las ventanas y balcones. Sin embargo, otros se lanzaron en romería a las calles.

Una romería nocturna

Allí iban personas mayores, mujeres en piyama, vecinos del barrio, abuelas con sus nietos, familias enteras, todos caminando de manera pacífica entre las calles. Otros se concentraron en los parques y cientos más, en las aceras de las avenidas. En un momento dado, buena parte de la avenida 68, una de las arterias que atraviesan la capital de sur a norte, tenía una línea de gente que protestaba en los andenes. Los carros que pasaban pitaban para sumar su sonido.

En los días previos al paro nacional, las autoridades gubernamentales se prepararon para enfrentar que las marchas pudieran terminar en la violencia de los vándalos. En el ambiente gravitaba una sensación de miedo por el temor a que el efecto dominó que tumbó al gobierno de Evo Morales en Bolivia, que echó para atrás las medidas económicas de Lenín Moreno, en Ecuador, y que llevó a Sebastián Piñera a aceptar un cambio de la Constitución, en Chile, tuviera un efecto de iguales proporciones en Colombia.

En estos tiempos, cuando los hechos vuelan a través de las redes sociales al instante, eso llevó a que los ciudadanos pasaran los días previos con una pregunta inquietante: ¿qué irá a pasar este jueves? Las imágenes del metro de Santiago envuelto en llamas y los muertos en las calles de Bolivia servían de argumento para la precaución. Y en efecto, hubo censurables actos de violencia en Bogotá, Facatativá y especialmente en Cali, donde el alcalde Maurice Armitage decretó el toque de queda, una medida nueva para la mayoría de los jóvenes. Un vandalismo que ha merecido el rechazo de todo el país.

Lo que nadie se imaginó fue el cacerolazo, que también se sintió con fuerza en los barrios de estrato alto. El robusto mensaje de insatisfacción general superó al del vandalismo. Y volvió a escucharse las noches siguientes. El grito de la protesta social se mantuvo pese al estruendo de los destrozos.

Pero ¿de dónde tanta irritación social? ¿Por qué ahora? En los últimos 30 años, a todos los presidentes en Colombia se les fue la vida tratando de resolver un sinfín de problemas, pero cada uno quedó marcado por un caso particular.

A Gaviria se le fugó Pablo Escobar, Samper pasó atrapado en el proceso 8.000, Pastrana fracasó con la paz con las Farc, a Uribe lo opacó la ‘parapolítica’, y Santos logró un acuerdo con las Farc al que un sector mayoritario del país le dijo que no.

Precisamente, Duque llegó al poder con la herencia de quienes se inclinaron por el ‘Sí’ y quienes optaron por el ‘No’ a la negociación de La Habana. De entrada, tenía un amplio sector de la población en contra. Desde el 7 de agosto de 2018, día de su posesión, sectores políticos contrarios le anunciaron una confrontación, en la calle, a su mandato. De hecho, ese día hubo movilizaciones en 80 municipios, incluyendo varias capitales y ciudades intermedias.

Desde entonces, el germen del enojo ha estado latente en el asfalto. En Bogotá, por ejemplo, solo este año ha habido 600 protestas de todo corte y de reivindicaciones disímiles.

El jueves, sin embargo, miles de ciudadanos confluyeron en una sola voz: el rechazo a la gestión del mandatario. En esta ocasión, además, fue de carácter nacional. “Se trató de una manifestación policlasista y sin una organización única”, dice Fabio Zambrano Pantoja, historiador del Instituto de Estudios Urbanos (IEU), de la Universidad Nacional de Colombia. “Fueron tan masivas y dicientes en el rechazo que era difícil que el Gobierno no las escuchara, no las entendiera y no las convirtiera en políticas públicas”.

Desde entonces, el germen del enojo ha estado latente en el asfalto.

¿Quién estará en la mesa?

Allí surge una dificultad enorme. ¿A quién va a escuchar Duque? ¿Con quién va a sentarse a hablar? “Ni la marcha ni el cacerolazo le pertenecen a nadie. Hay ciudadanos libres indignados por muy distintas razones”, escribió en su cuenta de Twitter Juanita Goebertus, representante a la Cámara por Bogotá. Pero, en estas circunstancias, ¿cuál es el líder o cuáles son los líderes que se sentarán a hablar con Duque y de qué?

Dependiendo de la capacidad de liderazgo para aterrizar las inquietudes y lograr que en la mesa se sienten interlocutores que representen a tanto inconforme, habrá avances concretos.

La expectativa es enorme, en especial entre los muchachos, que son el sector con el que Duque ha tenido mayores dificultades para sintonizarse. Una paradoja, porque se trata de uno de los presidentes más jóvenes de la historia.

Por lo visto en las marchas, está claro que será un desafío conectarse con las lógicas de los ‘centennials’ y ‘millennials’. Para Jennifer Pedraza, de 23 años, una de las líderes del movimiento estudiantil, lo que Duque debe hacer es llevar más recursos a la educación.

El Presidente, por su parte, ha dicho que ha hecho esfuerzos como ningún otro gobierno y que no hay más: “¡Plata sí hay, solo falta la voluntad política de Duque!”, replica ella.

Nosotros ganamos las elecciones, la gente votó por nuestras propuestas; eso es lo que debe hacer el Presidente

Aquí está el quid del asunto. No se trata solo de voluntad, sino de mirar de dónde se va a sacar el billete para tantos y variados reclamos. Un caso concreto: la reforma del sistema pensional, por ejemplo, que tras estas marchas parece engavetada, al menos por este año, es una bomba a punto de explotar porque no existe la cantidad de dinero suficiente para cubrir a quienes gozan o aspiran a este beneficio.

Duque tiene además otro frente que dificulta su margen de maniobra para poder salir satisfactoriamente de esta situación. Y es la rebeldía que cada vez se hace más visible en el Centro Democrático, su partido político, con el que ganó la presidencia.

“Nosotros ganamos las elecciones, la gente votó por nuestras propuestas; eso es lo que debe hacer el Presidente”, dijo un congresista de esta colectividad que prefirió mantener su nombre en reserva.

Así arranca esta semana, con una “conversación nacional” que marcará la nueva agenda de Duque y, claro, la del país.

Fuente: https://www.eltiempo.com/politica/gobierno/paro-la-irrupcion-de-la-protesta-social-en-la-agenda-politica-del-pais-436612

Habló la diversidad social. ¿La escucharán?. Alejo Vargas Velásquez

Noviembre 24 de 2019

Se realizaron las marchas convocadas en todo el país el 21 de Noviembre, por las insatisfacciones que diversos sectores de la sociedad colombiana tienen con las políticas del Gobierno.  Hay que resaltar el carácter festivo y alegre de las movilizaciones y adicionalmente esa novedosa y pacífica forma de protesta social, el carácter autónomo  del cacerolazo -ningún liderazgo se puede atribuir esas expresiones espontáneas del descontento-   en varias ciudades del país, que expresan las inconformidades en los barrios, en los conjuntos residenciales. Son síntomas de cambio, en la forma y en el fondo, muy interesantes pero que hay que saber interpretar.

Es importante señalar que si bien hubo una convocatoria formal  por el Comité Nacional de Paro y otros grupos ciudadanos, es necesario destacar que un buen porcentaje de los que salieron a marchar o se expresaron en diferentes formas, lo hicieron de manera autónoma, por sus molestias con la actuación del Gobierno, porque no comparten que a los Ministros -y esto hay que decirlo, no es solo en el actual Gobierno, también lo han sido los del pasado-, les preocupa más cumplirles a los organismos financieros internacionales y a las llamadas calificadoras de riesgo, que a las demandas y problemas de los ciudadanos. Pero además sienten que no hay transparencia en las iniciativas de Gobierno, que en el fondo quieren imponer el modelo hoy plenamente fracasado como en el caso del sistema de pensiones en Chile, pero no lo dicen abiertamente, que quieren reformas laborales para mejorar las ganancias de grandes empresarios, pero sin importar los costos para la población trabajadora. Todas esas inconsistencias, además de las “peleas de comadres” al interior del equipo del ejecutivo, dejan profunda dudas sobre la seriedad de quienes están gobernando.

Lo cierto es que estas convocatorias a la protesta terminan siendo una especie de válvula de escape de inconformidades sociales acumuladas -de sectores sociales muy diversos con orientaciones políticas disímiles- y con gran frecuencia se desbordan no sólo en términos temporales, sino en los alcances de la misma -para algunos es la ilusión de ‘tumbar el gobierno’ o volver realidad sus fantasías-, pero adicionalmente no terminan respondiendo a ninguna dinámica organizativa -ningún partido político ni liderazgo individual puede atribuirse exclusivamente su capacidad de convocatoria- por lo cual algunos consideran que son prácticas cuasi-anárquicas.

Ahora bien, lo que sí parece altamente probable es que si no hay una lectura adecuada de parte del Gobierno, una escucha de las solicitudes -que no se pueden agotar en los Talleres que realiza el Presidente con asistentes filtrados y seleccionados- y una respuesta en términos de políticas asertivas, el riesgo de que las protestas sociales se repitan a relativo corto plazo y quizá con mayores intensidades, es altísimo y ello puede conllevar situaciones de inestabilidad e ingobernabilidad para el Gobierno. En ello, adicionalmente incide el ‘efecto demostración’ de lo que viene sucediendo en varios países de la región, con gobiernos a la defensiva y movilizaciones sociales en alza.

Por supuesto se presentaron actos de vandalismo en varias ciudades que no solo deben ser condenados y rechazados, sino que llevan a muchos ciudadanos a perder confianza en la protesta ciudadana y justificaron medidas excepcionales del Gobierno.

Es probable que hayamos entrado en una fase convulsa de protestas sociales y la dinámica de las mismas dependerá exclusivamente.

Colombia: jornada histórica tras décadas de imposición neoliberal y terrorismo de Estado

El espectro de Chile ronda Colombia. Sin duda alguna el contagio de las rebeliones latinoamericanas llega al norte del continente sudamericano, en todo ese recorrido que hace por la Cordillera de los Andes, desde el sur en Chile, pasando por Bolivia, Ecuador –Perú no escapa a las tensiones políticas- y ahora entrando a Colombia, una puerta al Caribe, que puede empalmar con lo que ha venido sucediendo en Puerto Rico, Honduras y Haití, donde también se observan enfrentamientos más agudos y la represión con el ejército en las calles.

Milton D’León

Domingo 24 de noviembre.

Esto es lo que explica la dinámica que terminó tomando una convocatoria inicial de un paro nacional de centrales sindicales y movimientos sociales a comienzos de octubre, que para el gobierno en esos momentos no sería sino una más de las que se podían haber vivido en otras situaciones, pero que terminó desembocando en la gran jornada histórica de movilizaciones en todo el país. Por eso cundía la tensión en los días previos en la Casa de Nariño, desde donde se llegaron a tomar medidas tan extremas como el cierre de fronteras con cuatro países vecinos y la alerta máxima con el acuartelamiento del Ejército.

Fue el hartazgo de los trabajadores, los campesinos, la juventud y los sectores populares del país lo que se expresó en el paro nacional y las multitudinarias manifestaciones que recorrieron el país, sobre todo en Bogotá, Medellín, Cali, Cartagena, Barranquilla, Santa Marta, Pasto, Córdoba, Bucaramanga, en el Cauca y muchos otros lugares de los cuatro puntos cardinales. De esta manera, tuvo su contundente expresión el hastío del pueblo colombiano, acumulado por años de extrema desigualdad social impuesta por una rancia clase dominante que en el plano económico ha sido fiel seguidora del modelo chileno con su neoliberalismo extremo, y un régimen profundamente represivo, siendo uno de los países del mundo con más asesinatos de sindicalistas, dirigentes sociales y defensores de la tierra, ostentado una sangrienta estela de decenas de miles de muertos y desaparecidos.

La jornada del 21N, desde el ángulo de los trabajadores y el pueblo, solamente se compara con el gran paro del 21 de septiembre de 1977 cuando Colombia vivió una de las paralizaciones más fuertes en su historia, que en su momento marcó el declive de la presidencia de Alfonso López Michelsen. Una jornada de protesta, que al igual que la de este 21N fue inicialmente convocada por los movimientos sindicales, a la que se fueron sumando diversos sectores de los distintos estratos sociales producto del hastío de la población con el gobierno y el régimen de entonces.

Los que creían que la histórica jornada del jueves se quedaría allí se equivocaron, un gran cacerolazo esa misma noche cundió en toda Bogotá, extendiéndose rápidamente a nivel nacional, y ha tenido continuidad tanto el viernes como el sábado, al menos en ciudades claves como Bogotá y Cali donde continúan las protestas, sobre todo de la juventud, que el Gobierno, como siempre, intentó darles la imagen de “vándalos que crean disturbios”. No faltó el impresentable alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, para afirmar que “Hay un complot, organizaciones de alto poder y politiqueros interesados en desestabilizar el país”. Nada más alejado de la realidad.

En la propia capital del país, desde muy tempranas horas del viernes centeneras de personas volvieron a intentar manifestarse en la clásica Plaza de Bolívar –centro político del país–, pero fueron reprimidas inmediatamente por los integrantes del Escuadrón Antidisturbios (ESMAD); y hacia el final de la tarde del mismo viernes y por toda la noche, volvieron los cacerolazos tan masivos como contundentes, que desafiaron el toque de queda decretado para Bogotá (sumándose al impuesto en Cali). A la par de todo esto, el despliegue represivo del gobierno ha sido brutal, no solo frente a las protestas durante el día, sino durante la noche, así el viernes mismo a altas horas las fuerzas represoras del Estado se desplegaron acompañadas de la campaña mediática de “robos” para incidir en sectores de las clases medias que se han sumado con los cacerolazos.

Un accionar típico de los gobiernos colombianos, aderezado además con un pérfido operativo llevado a cabo por el gobierno a través de sus cuerpos represivos, consistente en ataques a propiedades o sectores residenciales, incluso detonación de explosivos, para achacárselos al movimiento, deslegitimándolo como mera obra de “grupos terroristas” y autogenerando así la excusa para decretar el “estado de conmoción”. En ese camino de estos días ya llevan en su cuenta varios muertos y decenas de heridos, así como detenidos.

El establishment rápidamente busca salidas

Las contundentes manifestaciones en Colombia no responden solamente a las recientes medidas antipopulares del Gobierno de Duque, las masas han salido por el acumulado de las grandes deudas históricas de una Colombia que, con su “oligarca” clase dominante –aliada servil del imperialismo estadounidense en la región– ha mantenido al pueblo sometido y siendo cada vez más despojado. Y esto no es una expresión metafórica, tras la fachada de la “modernización” de algunas ciudades y una reducida clase media acomodada, esconde un continuo aumento en los niveles de explotación, los ritmos de trabajo y la precarización laboral, así como la condena a la pobreza de amplias franjas de la población, así como con el pretexto del combate a la guerrilla ha llevado a cabo una política brutalmente represiva y persecutoria contra las expresiones de lucha del pueblo, además de cientos de miles de campesinos que fueron despojados de sus tierras a lo largo de décadas.

En Colombia, las leyes laborales son de las más neoliberales posibles, de los 6 millones de personas en edad avanzada 4 millones no tienen una pensión ni medios de supervivencia, y una juventud ha crecido literalmente sin futuro, a no ser mano de obra barata para los capitalistas y en la mayor de las precariedades, situación peor es la que se vive en el campo. Todas esas condiciones del capitalismo colombiano se han impuesto a base del terror de Estado, que como es sabido se vale no solo de la represión judicial, policial y militar oficial, sino también de los grupos paramilitares, verdaderos escuadrones de la muerte. Una política en la que se han involucrado a tal nivel la clase dominante y sus partidos, que hasta hace poco una porción enorme del parlamento estaba investigada por sus vínculos con el paramilitarismo.

Por eso, una expresión que se comienza a hacer común en las manifestaciones, como la de “hemos perdido el miedo”, semejante a la de Chile, no es sin embargo una mera réplica del espíritu del momento, sino que en Colombia tiene un significado más profundo aún.

Pero apenas han pasado tan solo un par de días y en Colombia ha sonado las alarmas para las clases dominantes. De allí que han comenzado a surgir voces desde el establishment político proponiendo cambios en el gobierno, aludiendo a avanzar hacia una especie de gobierno de coalición con otras fuerzas políticas distanciadas del uribismo. Aludiendo a que el gobierno de Duque es preso de Álvaro Uribe, como explicamos más adelante, incitan a Duque a desprenderse de tal influencia. Por ello aducen a que “uno de los factores que más lo ha golpeado [a Duque] es la sombra del expresidente Uribe” así como “también le ha hecho mucho daño el ala radical del Centro Democrático (partido que concentra al uribismo)”.

Pero se trata de un movimiento difícil para un gobierno que ya desde sus inicios se mostró bastante débil, y que en apenas con 15 meses de gestión sufre de las más baja popularidad y se ve sometido a esta gran presión social, sin contar la derrota electoral de su partido en las recientes elecciones regionales en el país. Duque está entre las cuerdas, y lo que le piden, es lo que realizó Juan Manuel Santos hace diez años atrás quien, luego que llegó al poder auspiciado por Uribe y por las tensiones que le generaba a lo interno este personaje, se desligó del mismo para poder gobernar sin cortapisas. Pero Duque no es Santos ni tiene la fuerza política propia con que este contaba, como tampoco la popularidad mínima necesaria para poder gobernar por cuenta propia aún con nuevos aliados, además de estar atrapado en su propia trampa uribista.

Por ello frente al miedo político que Duque caiga por el accionar de las masas, ya empiezan a proponer diversos tipos de salidas, o dicho en sus propias palabras: “Una vez que haya conseguido una coalición de gobierno y haya establecido una interlocución con los sectores inconformes, tendrá que definir cuáles son las reformas por las que tiene que jugarse su puesto en la historia. El problema es que las reformas que el país requiere son precisamente las que justificaron el paro (…) Por lo tanto, es lógico que una reforma busque de alguna manera ayudar a esa mayoría de desprotegidos más que perpetuar la inequidad que beneficia a los privilegiados.” (La Semana 22.11.2019).

Estos sectores de la burguesía colombiana buscan tener una política “audaz” para desactivar el posible desarrollo de una nueva etapa de auge de la lucha de clases de esa Colombia profunda, postergada y humillada durante tanto tiempo. Buscan “reformas estructurales” que puedan conjurar los elementos más disruptivos que pueden tener estos nuevos bríos de lucha.

Esto es Colombia

El país que durante décadas se hizo conocer por la actuación del narcotráfico con célebres nombres como el cartel de Cali y Medellín, así como por la cruenta guerra interna por casi 55 años con la actuación de fuerzas guerrilleras como las FARC o el ELN, ha sido el mayor implementador durante más de 30 años de los planes del neoliberalismo.

Desde los años ochenta se pueden rastrear las políticas neoliberales en Colombia, pero será con el Gobierno de César Gaviria (1990-1994) que tomarán mayor impulso, implementándose en 1991 una Constitución que es conocida como el triunfo del neoliberalismo. Desde entonces, todos los gobiernos que le han precedido han sido continuadores de esta política, más allá del que haya estado de turno, retomando una nueva ofensiva con el gobierno de Duque, sintiendo que disfrutaba de los nuevos aires de las llegadas de los gobiernos que se fueron instalando en el continente tras el fracaso de los llamados gobiernos postneoliberales en el continente.

Si en algo se emparenta Colombia con Chile en cuanto a políticas económica es justamente en ese continuismo ininterrumpido por más de 30 años de un neoliberalismo más abyecto siguiendo los pasos del modelo de los pinochetistas y sus herederos, en esa continuidad también en cuanto al dominio de unas élites conservadoras colombianas que ejercieron su poder, y lo ejercen aún, con regímenes políticos cada uno más reaccionario que otro. Una burguesía que siempre fue fiel también a los dictámenes de Estados Unidos, donde los representantes de Washington en Bogotá se movían como si estuvieran en las propias oficinas del Departamento de Estado.

La descomposición de una burguesía rastrera también se expresaba en sus gobiernos y en el establishment político, tal como se articulaba en la reinante época de los carteles de la droga, como tristemente famosos de Cali y Medellín. Pero incluso aún hoy, parte de ese personal de grupos de poder sobreviven y con gran fuerza actuante en el presente, tal como lo expresa todo el clan de Álvaro Uribe que maneja los hilos de poder del gobierno de Iván Duque.

El avance del neoliberalismo en Colombia cabalgó también con el trasfondo del ambiente de la “guerra” al narcotráfico y el terror que se imponía en las principales ciudades, donde los gobiernos y los grupos económicos dominantes se aprovechaban para avanzar también en sus planes políticos y económicos. Pero también la rancia burguesía colombiana se aprovechó de la sangrienta guerra contra la insurgencia, no solo como una cuestión de polarización interna, sino también para imponer el terrorismo de Estado tanto en la ciudad como en el campo, donde cualquier luchador sindical, dirigentes de movimientos sociales, jóvenes por sus demandas, o campesinos por la tierra, eran identificados como potenciales integrantes o simpatizantes de los grupos insurgentes. De manera tal que bajo esa práctica avanzaron en los mayores ataques y sometimientos a la clase trabajadora, a los campesinos, a la juventud y a las grandes mayorías pobres de las ciudades.

Si en Chile, con Pinochet y la derrota histórica de la clase trabajadora se avanzó en la imposición del neoliberalismo, en Colombia, la guerra contra la insurgencia llevada a cabo por las élites dominantes les permitió llevar a cabo una política de imposición de draconianos planes económicos, donde incluso cualquier lucha sindical para oponerse llevaba a consecuencias siniestras. No por casualidad, como veremos más adelante, Colombia es el país con la mayor cantidad de dirigentes sindicales asesinados en América Latina en las últimas tres décadas.

Más aún, con la “cobertura” de la guerra contra la insurgencia se llevó a cabo uno de los mayores despojos de tierras a todo un campesinado que se haya conocido en el continente en las últimas décadas del siglo XX y los albores del siglo XXI incluso. La clase terrateniente, entrelazada con los altos mandos militares y las élites económicas, en Colombia llevó a cabo aquello que el marxista David Harvey llamaba de “acumulación por desposesión” –un proceso típico de la Inglaterra del siglo XIX. Se despojaron literalmente a millares campesinos de sus tierras, expulsándolas de las mismas con el desplazamiento forzado, para potenciar y engordar aún más no sólo a latifundistas sino también a los “señores de la guerra”. Un despojo que se hacía a sangre y fuego, y que de acuerdo a algunos cálculos se considera en más de 6 millones de hectáreas.

Así, se fue imponiendo durante todo un período histórico en el país reconfiguraciones sociales y territoriales desde los años 80 del siglo pasado hasta el presente, donde las deudas históricas y estructurales no solo se iban acumulando, sino que también se ahondaban cada vez más, llevando a una situación donde a los de abajo se les imponía las normas de sometimiento que se fueron naturalizando.

Si bien este artículo no tiene el objetivo de hacer un recuento histórico de los últimos 30 años en Colombia, sí se hace necesario en líneas gruesas, poner de relieve sobre lo que se asentó en el país y comienza a explotar. Colombia sigue siendo el país con mayores desigualdades de América Latina en todos los terrenos, en una juventud precarizada y a la que se le niega el futuro, donde los trabajadores permanecen en la miseria producto de leyes laborales que favorecen a los grandes empresarios y a los inversores extranjeros, y sobre todo, en cuanto al acceso a la tierra se refiere.

Algunos “números” que muestran una cruda realidad

La tasa de trabajo informal en Colombia, calculado a partir del número de trabajadores sin acceso a los sistemas básicos de seguridad social, tales como salud y pensiones, da cuenta de la severa precariedad laboral que padece la gran mayoría de trabajadores, la cual asciende al 65,7% de los ocupados. Para 2018 había casi 15 millones de trabajadores colombianos que trabajan sin acceso a los sistemas de seguridad social básica, persistiendo una práctica donde los empresarios siguen buscando reducir costos a través de la tercerización y precarización. Duque en este 2019 apuntaba a profundizar esta situación.

Se ha visto centralmente a la juventud en las manifestaciones y las protestas, y no es para menos, la tasa de desempleo de jóvenes es de 18,9% para cálculos del primer trimestre de este año y va en aumento, para las mujeres la tasa de desempleo durante este periodo fue de 25,7% de acuerdo a datos del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane). La realidad en la que viven los jóvenes colombianos, de cara a las posibilidades de acceder a un empleo formal son lejanas, donde solo les depara sumarse a un ejército de desempleados, obligando a los jóvenes a acceder a trabajos con salarios paupérrimos y en condiciones laborales altamente precarias.

La tasa de sindicalización en Colombia sea sumamente baja, de un 4,6%, pero esto no ha sido producto del poco interés de los trabajadores a aglutinarse en sindicatos. En esta tasa ha incidido la brutal violencia antisindical que nunca ha parado en Colombia, llevada a cabo desde el Estado o con la complacencia del mismo, con la gran cantidad de sindicalistas asesinados, cuando alguien pudiera pensar que esas serían prácticas del pasado. Para solamente hablar de datos más recientes, los 2.975 casos de violencia contra sindicalistas entre 2011 y 2019 que se tienen como registro, ponen a Colombia en cabeza de la lista de los peores países del mundo en cuanto a garantía de sindicales. Unas estadísticas que podrían ser en realidad peores, pues lo que llevan algunas organizaciones vinculadas a las organizaciones sindicales es solo un subregistro.

Pero el drama no termina allí, los asesinatos de líderes sociales continúan siendo una persistencia en la más grande de las impunidades. Entre el 1 de enero de 2016 y 8 de septiembre de 2019, 777 personas, líderes sociales y defensoras de los derechos humanos, han sido asesinadas en Colombia de acuerdo al último informe elaborado por la Escuela Nacional Sindical con el apoyo de centrales sindicales afiliadas. De acuerdo a este informe, la secuencia por año son 132 asesinatos en 2016, 208 en 2017, 282 en 2018 y 155 entre enero y septiembre de 2019. También se expone que desde la firma de los acuerdos de paz entre el Gobierno (2016) y las FARC-EP y el 8 de septiembre del 2019, 151 reincorporados han sido asesinados en el territorio nacional. Sobran las denuncias de alianzas de autoridades del gobierno con grupos armados paraestatales –especialmente paramilitares–, que amparan la impunidad de los asesinatos de civiles mediante ejecuciones extrajudiciales.

La otra cuestión alarmante, y de allí las persistentes luchas campesinas a lo largo de décadas, es la cuestión de la tierra. Según la Encuesta Nacional de Calidad de Vida (ENCV), el 53% de los hogares rurales en actividades agropecuarias no tienen acceso a tierra. La tierra está concentrada en las manos de unos pocos propietarios. Datos oficiales muestran que las unidades agrícolas de menor tamaño representan 70,9% del total, pero solo ocupan 2,4% del territorio colombiano. Mientras que las más extensas, que apenas llegan a 0,2% del número total, tienen 60,1% del área. A toda esta realidad de gran cantidad de campesinos sin acceso a la tierra, se suma la de los jornaleros agrícolas o semiproletarios del campo.

Los acumulados de estas deudas históricas, que se combinan con las políticas de un gobierno que busca revivir los ataques neoliberales, tal como lo hace Piñera en Chile, lo hizo Macri en Argentina, Lenin Moreno en Ecuador, son los que se expresa en esta jornada histórica que vimos este jueves en toda Colombia y que ya abre nuevas sendas de lucha, donde el pueblo colombiano pierde ese miedo que se impuso en base al terror en períodos anteriores.

Duque, el ahijado de Uribe y el neoliberal trasnochado

La llegada de Duque al gobierno no ha sido otra cosa que el retorno de Álvaro Uribe a los entramados del poder estatal, aunque sin ejercer ningún cargo directamente, estableciéndose un gobierno con los grupos económicos más poderosos del país, los sectores más militaristas y con las fuerzas políticas tradicionales, dando predominio, como es lógico, a los sectores más representativos del uribismo.

Catapultado por el peso de Uribe y toda su maquinaria política que se puso en movimiento durante toda la campaña electoral, Duque carece de fuerza propia y es vox populi que incluso no tiene el control sobre su propio entramado ministerial, siendo que una amplia mayoría, sobre todo los de mayor peso, responden a Uribe y es éste el que decide quién se queda o se va. Producto de esta situación es que ya desde su llegada a la presidencia Duque se perfilaba como un gobierno débil, siendo presa también de las propias disputas dentro del partido del Centro Democrático.

Con esta armazón se buscó establecer un núcleo duro del neoliberalismo al frente de la economía, en manos de representantes de las corporaciones económicas, donde Uribe, en los entretelones, buscaba mostrarse como mandadero de los más grandes conglomerados económicos y financieros del país. De allí que Duque ha sido una acentuación del neoliberalismo y la propiedad concentrada de la tierra, las finanzas y los medios.

Pero muy rápidamente Duque irá perdiendo popularidad y apenas con 15 meses de gobierno ha llegado a tener un 69% de rechazo de acuerdo a las últimas encuestas. Es que Duque llegaba con dos grandes objetivos al gobierno e intentando llevaros adelante simultáneamente. A la par que buscaba retomar con todo la agenda neoliberal, atacando aún más a las clases trabajadoras, los sectores populares y a la juventud, también llevaba en su portafolio minar los acuerdos de paz firmados por el gobierno anterior, que ya se prefiguraban como fracaso por el incumplimiento de la mayoría de lo establecido, de allí la presencia del ala más militarista en el gobierno.

Esta situación es la que fue minando su gobierno. A la declaración de guerra a los derechos laborales y sindicales al lanzar una agenda de reformas laborales y pensionales, a la juventud buscando imponer a este sector un salario equivalente al 75% del salario mínimo, así como todo el resto de sus distintas medidas antipopulares, se le sumó el descontento de sectores de las clases medias que no querían saber más del retorno a la situación de guerra, por lo que le cuestionaban a Duque el torpedeo a los acuerdos de paz.

A eso se le fueron sumando los distintos escándalos en su gobierno, como el que se vio sacudido en las últimas semanas por la renuncia del ministro de Defensa, Guillermo Botero, tras quedar en evidencia que ocultó la muerte de varios menores civiles en lo que sería un bombardeo militar contra un campamento de un grupo disidente de las FARC. Esto, con el antecedente de la vuelta de los falsos positivos, como se conoce a las ejecuciones extrajudiciales de civiles que son presentados como bajas de guerrilleros en combate, volvió de nuevo a Colombia el pasado mes de mayo, cuando The New York Times dio a conocer una directriz operacional del Ejército que presionaba a los militares para duplicar las muertes y capturas, tal y como ya se hizo en la década de los 2000 bajo el Gobierno del propio Álvaro Uribe.

Un aliado incondicional del imperialismo en problemas

Un aspecto derivado de esta nueva situación en Colombia, es el debilitamiento de uno de los principales y más abyectos aliados del imperialismo estadounidense en la región, no solo ahora con Duque, sino desde hace décadas ya. Desde la cantidad de bases militares estadounidenses y la práctica subordinación de las FF.AA. colombianas a las directrices del Comando Sur, hasta la reciente actuación como base de operaciones y puntal de lanza de las movidas injerencistas de Trump para intentar derrocar Maduro, incluyendo un operativo que pudo haber dado los motivos para una intervención militar extranjera en Venezuela.

Si la rebelión popular en Chile viene a ser un golpe para el conjunto de la derecha aliada del imperialismo en la región, esta nueva situación que comienza a abrirse en Colombia puede ser un problema mayor para los planes del imperialismo estadounidense, puesto que se trata no solo de un aliado económico y político, sino también militar, que incluso fue incorporada el año pasado a la OTAN, siendo el único país latinoamericano miembro de esa organización.

La salida está de la mano de los trabajadores, campesinos y explotados

Los sectores que se arrogan la inicial convocatoria, entre ellos sectores sindicales, en sus primeros comunicados posteriores han realizado a pedir reunión con el gobierno, o buscar articulaciones en el Congreso. En el mismo sentido avanza la centroizquierda, sobre todo la encabezada por Gustavo Petro y otros, que hablan de “movilización ciudadana”, y que “se trata de un Paro Cívico para cambiar a Colombia”, queriendo desde ya encauzar estas protestas y las que pueden estar por venir, en las reformas cosméticas del régimen, tal como intenta hacer el régimen en Chile con la anuencia de la izquierda reformista del PC y el Frente Amplio. Nada más lejos como solución a los problemas históricos y estructurales de los trabajadores, campesinos, indígenas y demás sectores explotados de Colombia.

En las movilizaciones en Colombia hay demandas económico-sociales muy profundas y es lo que se ha puesto en movimiento. Una vez que se han puesto en la calle las masas colombianas, no le queda otra alternativa que seguir el camino del pueblo chileno que a un mes de iniciada su revuelta aún sigue en pie luchando contra todos esos 30 años del régimen post pinochetista.

El camino estratégico para triunfar es que la clase obrera colombiana junto al campesino y los pobres urbanos intervengan con sus propios métodos de lucha, evitando cualquier desvío de “cambios” para que todo igual. Al reciente paro nacional y las movilizaciones, le debe seguir la convocatoria a una huelga general poniendo en movimiento a toda la clase trabajadora y explotada para derrotar los planes del gobierno y de los grupos económicos dominantes, y hacer realidad esa demanda que se comienza a gritar en las calles: ¡Fuera Duque! La salida de ese gobierno producto de la acción combativa de la clase trabajadora y los sectores populares, sería un triunfo enorme que modificaría sustancialmente la correlación para ir por más.

Desde ya que hay demandas sentidas en el conjunto de la población colombiana contra ese oprobioso régimen antidemocrático y oligárquico existente por décadas en Colombia. Frente a las trampas del régimen y las reformas cosméticas que ya se empiezan a discutir, es necesario imponer una Asamblea Constituyente Libre y Soberana, donde se disuelvan todos los poderes fácticos, empezando por el presidencial y toda esa estructura al servicio de los grupos de poder, como es la Corte Suprema de Justicia, así como todo ese entramado del Congreso, donde sea en esa Asamblea que se discutan los grandes problemas de fondo y estructurales del país, tirando por tierra todo ese régimen impuesto con la Constitución de 1991. Es claro que una Asamblea Constituyente de estas características solo se podría imponer con la movilización obrera y popular combativa.

Al gobierno y al régimen colombiano no hay que darle tregua. Al calor de la pelea por una huelga general que paralice todo el país y por una Asamblea Constituyente Libre y Soberana, los trabajadores, campesinos y pobres urbanos en Colombia pueden crear nuevos organismos de lucha o extender los que existan, en un sentido de autoorganización, con democracia directa desde las bases, tomando cada decisión en sus propias manos. En ese sentido están hoy los ejemplos de Chile con la constitución de coordinadoras como se aprecia en Antofagasta. En Colombia se plantea desplegar la fuerza social capaz de derrotar a los enemigos de las masas y las fuerzas de represión del Estado al calor de las rebeliones que se viven en el continente.

Fuente: http://www.laizquierdadiario.com/Colombia-jornada-historica-tras-decadas-de-imposicion-neoliberal-y-terrorismo-de-Estado-143764

La reacción en cámara lenta de Duque le da más gasolina a las cacerolas. Por LASILLAVACIA.COM.

25 DE NOVIEMBRE DE 2019

Hoy habrá marchas y cacerolazos por quinto día consecutivo. Aunque seguramente no serán del tamaño de las multitudinarias del jueves pasado, que la movilización se mantenga muestra que el país sigue en conmoción política, y sus dimensiones y el apoyo que reciban será la primera respuesta directa al anuncio del presidente Iván Duque de iniciar una “conversación nacional” que tomará casi cuatro meses y de la que faltan detalles por conocer.

Eso significa que el Gobierno sigue a la saga de lo que pasa en las calles y entre quienes se manifiestan.

El anuncio de ayer es la primera respuesta concreta del Presidente a las demandas políticas de quienes han salido a marchar y han hecho cacerolazos y plantones, pero parece ser muy poco y muy tarde para contener la movilización social, sobre todo en contraste con las decisiones más fuertes y rápidas para contrarrestar la violencia e incluso limitar las protestas en general.

Como dijo a La Silla una persona cercana a Presidencia, “el Gobierno va a endurecer la posición ante los desmanes, ante el vandalismo”. El problema es que eso significa que, aunque, según una alta fuente de Palacio, el Gobierno enfrenta un problema de seguridad y otro político, su prioridad está en el primero.

Mano firme…

Aunque en sus alocuciones del jueves y el viernes, Duque diferenció entre el problema de orden público de los actos vandálicos y el político de las protestas, y según dos altos funcionarios en el consejo de ministros del viernes habló de los dos, sus primeras acciones se concentraron en lo primero y a punta de mano dura.

Eso quedó particularmente claro el viernes, cuando la Policía, y especialmente su cuerpo antidisturbios, el Esmad, empezó a dispersar con gases y bolas de pintura los cacerolazos pacíficos en varios puntos de Bogotá.

El 21N deja a Duque contra las cuerdas pero él parece ignorarlo

Es una postura similar a la que mostró Duque esa misma noche al solicitarle al alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, extender a toda la ciudad el toque de queda que había decretado en tres localidades donde había disturbios, una decisión cuyo precedente más reciente fue en 1977 (y que terminó en una oleada de pánico por saqueos muy similar a la que vivió Cali un día antes).

O la que tuvo desde antes al mostrarse al frente de un Puesto de Mando Unificado con militares, policías y altos funcionarios concentrados en monitorear los focos de violencia o al pedir a la gente que enviara fotos y videos de cualquier acto de vandalismo a través de la red de participación cívica.

Duque dejó el mensaje de haber moderado esa postura el sábado por la noche, cuando mostró preocupación pública después de que un miembro del Esmad hirió de forma muy grave al joven Dylan Cruz al disparar un cilindro de gas a su cabeza, y ordenar por primera vez una investigación urgente tras muchas denuncias de violencia excesiva de parte del Esmad.

De hecho, ayer domingo no hubo denuncias similares de ataques con gases del Esmad en los cacerolazos, que siguen activos, y con eso el momento del orden público pareció dejar pie al de la política.

Pero la demora en cuatro días de hacerlo ya deja en sí mismo un mensaje político sobre sus prioridades, que ayudó a mantener activas las cacerolas porque no respondió a sus peticiones y en cambio alimentó la protesta por el derecho al protestar, lo que incluso puede alimentar el problema de seguridad: “con cada convocatoria a plantón les dan una excusas a los vándalos”, dice una alta fuente del Gobierno.

…política gaseosa

Duque ha ido concretando su propuesta de una “conversación nacional” desde el jueves, paso a paso y mostrando algún sentido de urgencia: si el viernes la convocó para el próximo miércoles 27, el sábado – después de la oleada de pánico en Bogotá y de haber publicitado un encuentro con empresarios que dejó la sensación de privilegiarlos frente a los manifestantes, y minutos antes de manifestarse frente a Dylan Cruz- la adelantó para ayer domingo.

Lo hizo aprovechando que tenía organizado, desde hace varios días, un cóctel con los alcaldes y gobernadores electos, pues están en Bogotá en una capacitación que hace la Escuela Superior de Administración Pública, Esap, cada cuatro años.

Los convocó a Palacio antes del cóctel y allí anunció es que la “conversación nacional” irá hasta el 15 de marzo, con un componente virtual y otro en el territorio, y que girará alrededor de seis temas, que incluyen algunos que son de su cosecha y con lenguaje propio de su gobierno como “crecimiento con equidad” o “paz con legalidad”.

Dijo que combinará un espacio digital con otro presencial, unos “encuentros con los ciudadanos”, con una metodología que todavía falta por conocer, y que la lógica macro será primero escuchar para luego interpretar las demandas y después actuar sobre ellas.

También contó que hará todo el proceso con la vicepresidente Marta Lucía Ramírez, y que Diego Molano, el secretario general de presidencia, será el encargado de coordinar la la conversación.

Además, habrá moderadores por temas y por ahora están Moisés Wassermann, exrector de la Universidad Nacional, y el rector de la Universidad Eafit, Juan Luis Mejía, en educación; en economía (crecimiento con equidad) serán Ricardo Ávila, hasta hace pocas semanas director del diario económico Portafolio, y el profesor de economía de la Nacional Beethoven Herrera; y en lucha contra la corrupción, el excongresista uribista, excomentarista de Blu Radio y designado director de la Cámara de Comercio de Bogotá, Nicolás Uribe (el más cercano al Gobierno).

Buscamos a Molano para entender en detalle qué metodología piensan usar, cuál es el plan de trabajo y el resultado que esperan, pero no respondió nuestros mensajes hasta el momento de publicar esta historia.

Por ahora, se sabe que así como la reunión ya prevista con mandatarios electos fue formalmente el inicio de la conversación, la prevista mañana de la mesa de concertación laboral para discutir el aumento anual del salario mínimo será también parte del proceso, lo que deja el interrogante de cuál es la diferencia frente a las negociaciones usuales.

Tampoco es claro cuál será la metodología y la plataforma tecnológica para lograr que tenga mejores resultados que la urna de cristal del Gobierno Santos, ni cómo serán diferentes los encuentros territoriales de los talleres construyendo país que hace semanalmente Duque en diferentes lugares, aunque una alta fuente de Palacio que dijo no conocer la metodología explicó que serán “ plataformas muy diferentes”.

En todo caso, esa y otra alta fuente de Palacio explicaron a La Silla, bajo la condición de anonimato, por qué Duque decidió apostarle a ese proceso, largo y amplio, y no solo no ha respondido a los sindicatos su invitación a reunirse, sino que ni siquiera los ha mencionado, ni ha convocado a los congresistas cuando el Congreso es un espacio natural de debate político y en principio de representación ciudadana.

“El reto del gobierno es abrir diálogo social sin perder gobernabilidad y sin que eso se vuelva botín para los partidos políticos”, le dijo a La Silla una alta fuente de Palacio. Explicó que hablar con líderes del paro es insuficiente porque no representan todos los motivos de marcha y que hay que hablar con los que lideran el movimiento social que aterriza en el cacerolazo pero no tiene líderes ni voceros.

La segunda fuente coincide y dice que la idea es poder entender cuáles son las demandas de quienes protestan, pues los sindicatos “están empoderados y creen que esta expresión social es de ellos, pero no lo es. Se nota cuando se compara la convocatoria al paro con lo que movilizó a la gente“.

Al final, lo que Duque anunció es un proceso que tardará meses en dar frutos, que busca que ningún sector político capitalice las marchas posicionándose como su vocero y que probablemente mantenga viva la movilización social, más cuando todo indica que hoy o mañana se presentará en el Congreso la ponencia para su reforma tributaria, uno de los temas  que por lo menos los convocantes iniciales al paro mostraron como motivo de descontento.

Eso, cuando la respuesta política es un proceso largo y todavía gaseoso y no hay decisiones puntuales e inmediatas, le puede dar todavía más fuerza a las cacerolas.

Más gasolina

Cinco miembros del Comando Unitario Central, que convocó el paro y desde el jueves le pidió a Duque una reunión urgente, le explicaron a La Silla que no ven con buenos ojos el anuncio, empezando porque no los nombró de forma directa, con lo que se sienten desconocidos.

“Debe convocar a los sectores que están movilizados, cosa que no hizo”, dice Luis Fernando Arias, consejero mayor de la Organización Nacional Indígena de Colombia, Onic. “No es posible que se siente primero con los alcaldes y gobernadores antes que con el Comando Unitario”, dice José Cárdenas, secretario general de la organización estudiantil Acrees. “Si el presidente quiere conversar, que empiece por sentarse con quienes hicimos el paro. Ayer ni nos nombró. Eso no es serio”, dice otro directivo sindical.

Además, sienten que la estrategia de Duque es tratar de romper su unidad para poder negociar por partes: “sabemos esa táctica del gobierno porque así ha sido siempre. Así fue con el paro del 2018 con los estudiantes. Primero dijo que con los rectores y después ahí sí con los estudiantes. Está haciendo lo mismo”, dice Cárdenas.

Algo similar dice William Agudelo, de la Asociación Distrital de Educadores. “El mensaje es que va a partir la negociación. Supongamos que inicia mañana con los sindicatos, ahí no está representada toda la gente. La protesta tiene múltiples sectores, no sólo con unos ¿los otros qué?”.

Tampoco le gusta que incluya una parte en internet: “Eso es opine, opine y yo decido”, dice Agudelo; “Aquí no vamos a aceptar que mañana aparezca cualquier Pedro a decir que representa a una gente por internet. Ese es un mecanismo del Gobierno para torpedear la verdadera conversación”, explica Francisco Maltés, de la central obrera CUT.

Con todo eso, no solo mantienen su reunión mañana martes para definir los pasos a seguir sino que los cinco prevén que el paro se mantendrá porque ven una movilización grande.

“Creo que la movilización se puede mantener porque es que hay mucha indignación con el gobierno. Es que son décadas de indignación. Hoy la gente nos está pidiendo venga y expliquen lo que están planteando, yo hoy ando en esas en Fontibón“, cuenta Maltés para mostrar esa emoción.

Por eso, lo más seguro es que el paro no pare. Al menos no por ahora, y no por el inicio de una conversación nacional que todavía tiene más nombre que cuerpo, y que precisamente por eso no le quita la cámara lenta a la reacción de Duque a las movilizaciones.

Fuente: https://lasillavacia.com/reaccion-camara-lenta-duque-le-da-mas-gasolina-las-cacerolas-74655

Reflexiones en caliente sobre el paro cívico en Colombia

José Antonio Gutiérrez D.

El reciente paro cívico, que ha visto a cientos de miles, si no a millones de personas tomarse las calles y desafiar la represión y el toque de queda en todo el territorio colombiano, representa, sin lugar a dudas una de las movilizaciones más importantes de las últimas décadas. Notable no sólo por masivo, sino además por el sujeto convocado: los sectores populares urbanos, que no se habían movilizado de esta manera desde el período de luchas de las décadas de 1970-1980. Después de décadas en que el eje de las luchas populares en Colombia ha estado en el sector rural (campesinos e indígenas fundamentalmente), los sectores urbanos por fin asumen masivamente el liderazgo en las luchas contra el régimen. Este proceso no hubiera sido posible sin dos condiciones: un sentimiento de malestar generalizado en la población, y una fuerza organizativa con capacidad de convocar y sostener esta lucha. En este sentido, el Comité Nacional del Paro es una instancia clave; y dentro del comité, debe reconocerse el papel protagónico que ha tenido la CUT como la expresión más aguerrida de la clase trabajadora colombiana.

Huelga aclarar que los procesos populares urbanos de antaño fueron en gran medida destruidos mediante el terrorismo de Estado y sus tentáculos paramilitares. Los legados siniestros del paro cívico de 1977 fueron el Estatuto de Seguridad, con sus consejos de guerra verbales, prácticas como la desaparición forzada (Omaira Montoya fue desaparecida una semana antes del paro, y de ahí esta práctica no paró) y por último, mediante la proliferación de aparatos represivos paraestatales que desplazaron a los aparatos de represión oficiales como principales herramientas de terror. No es casual que hoy se escuche a coro en las marchas que al pueblo colombiano ya le han quitado todo: hasta el miedo. En un país donde el 66% de la población vive en las ciudades, la recomposición del movimiento urbano es un hecho estratégico, de una importancia incalculable para cualquier proyecto de transformación social.

Desafío colectivo contra el terror

Precisamente por esa pérdida de miedo, por ese hastío generalizado, el pueblo colombiano ha sido capaz de desafiar y enfrentar la represión de manera francamente heroica. Los allanamientos, las amenazas y los montajes no lograron amedrentar al pueblo. El toque de queda y la militarización han sido ignorados en masa, los cacerolazos y hasta las fiestas callejeras hechos en abierto desafío a una autoridad que nadie ya ve como legítima. La resistencia popular ha enfrentado la violencia popular a un precio elevado. Desde el primer día de protestas se contaban tres muertos en el Valle del Cauca (dos en Buenaventura y uno en Candelaria). Hoy no sabemos con certeza la cifra de muertos, pero siguen sumando. El estudiante bogotano Dilan Cruz se convirtió en un caso emblemático cuando los perros hidrofóbicos del ESMAD, la temida policía antimotines colombiana, le disparó en la cabeza por la espalda de la manera más cobarde. Y sin embargo el pueblo no se ha dejado amedrentar. Noche tras noche se han desafiado la represión y el toque de queda. Los vecinos le han demostrado al Estado que los dueños de sus barrios son ellos mismos, no 4.000 soldados en sus tanquetas. El pueblo tiene rabia pero también alegría, el establishment colombiano está asustado y reacciona violento. ¡Increíble que Duque quisiera dar lecciones de derechos humanos al venezolano Maduro hace apenas unos meses!

La indignación del pueblo colombiano la quisieron transformar en miedo. No sólo en miedo a la represión, sino también en miedo al vecino. Los macabros rumores que hicieron circular desde el viernes por las redes sociales, anunciando que venía el lobo –vándalos de barrios marginales a atracar las casas de la clase media- son parte de una guerra psicológica que se suma a esa guerra sucia que el Gobierno de Duque ha declarado al pueblo colombiano. Estos anuncios fueron pura estrategia de pánico que no se materializaron pero hicieron que las personas en ciertos barrios dejaran de protestar para convertirse en vigilantes. Cierto es que en toda protesta masiva hay saqueos, eso es así en toda época y en todos los países. Pero nunca, o muy rara vez, esos saqueos son de casas, los saqueos por lo general se dan en tiendas o supermercados, que es donde está la mercancía y donde no hay riesgo de enfrentamientos. Por eso es que me sonó tan raro cuando empezaron a hablar de asaltos a conjuntos residenciales. Todo para desviar la atención de la protesta, generar miedo y quizás hasta generar violencia entre la gente de a pie, ahorrándole a la policía y al ejército la tarea de romper cabezas. No es casual que los grupos de vigilantes que surgieron “espontáneamente” ante estos supuestos saqueos, como “Defendamos a Bogotá” o “Resistencia Civil Antidisturbios”, no sean otra cosa que fachadas para grupos de choque filo-paracos uribistas.

Estas estrategias terroristas no son nuevas. Es sabido que agentes del Estado han infiltrado las protestas para causar desmanes e incitar violencia gratuita. Dirigentes de FECODE dijeron haber rodeado a algunos de estos personajes en las manifestaciones. En el pasado los conservadores liberaban a los peores criminales para utilizarlos de pájaros y sicarios, cuando al Cóndor Lozano le preguntaron por esta práctica respondió con su famosa frase “el único crimen es oponerse al Gobierno, lo demás son pendejadas”. Los montajes de los agentes de (in)seguridad del Estado fueron revelados por Juan Gossaín cuando reveló múltiples documentos del DAS en los cuales se daban a conocer algunas de las prácticas de diversas operaciones en contra de la oposición a Uribe: sabotaje, terrorismo, amenazas, explosivos, presión, desprestigio, etc. Estos términos los utilizaron ellos mismos en sus documentos de inteligencia [1]. Si han usado en el pasado estos medios no es raro que utilicen esa mezcla de guerra sucia y guerra psicológica hoy para enfrentar la protesta legítima del pueblo. Afortunadamente la gente reaccionó a tiempo y no permitió que los pusieran a unos contra otros en un enfrentamiento fratricida. El pueblo colombiano entiende muy bien que su enemigo no está en el barrio de al lado.

Un acumulado de muchos años

Aunque sea acertado entender los sucesos de Colombia desde la perspectiva de las revueltas antineoliberales que han sacudido a Ecuador, Haití y a Chile, lo cierto es que estas protestas son también fruto de un proceso de acumulación doméstico de una década. Desde la huelga de los corteros de caña en el Valle geográfico del Cauca en el 2008, pasando por la minga indígena y las protestas y paros campesinos, el pueblo colombiano ha construido un rico legado de resistencias que están en la base del actual paro. A estas experiencias debemos sumar las experiencias locales de cientos de huelgas de trabajadores en esta época, con diversos niveles de combatividad, así como las protestas ambientales, cuya importancia ha radicado, precisamente, en que sirvieron de puente entre el mundo rural y el mundo urbano. Creo que no se ha entendido del todo este aspecto de las protestas contra la megaminería y el extractivismo, cuyo ejemplo más claro ha sido la monumental batalla del pueblo tolimense contra la Colosa y la Anglo Gold Ashanti, en el cual el campo y la ciudad se unieron en una misma lucha. Otro hito clave de esa unidad fue el paro agrario del 2013, que también permitió que estos dos mundos se unieran en protesta en contra del modelo de subdesarrollo impuesto desde el Estado.

Esta lucha es un paso más en un proceso que va para largo. Dado el estado de ánimo del pueblo colombiano, y dada la torpeza de un presidente que se ha mostrado muy eficiente para destruir acuerdos de paz y para masacrar niños, pero absolutamente incapaz para reducir el desempleo, parece poco probable que Duque pueda terminar los tres años de mandato que le quedan por delante. Pese a sus tardíos llamados al diálogo nacional, después de un año de autismo absoluto, la gente ya no le come cuento. Las organizaciones no se sentarán fácilmente a negociar con un presidente experto en desconocer sus acuerdos y en firmar compromisos para no cumplirlos. La demanda creciente que se escucha en las calles es la renuncia de Duque.

Los desafíos pendientes

Quedan varios desafíos para el movimiento popular, el primero es convertir la rabia en organización. Sin organización no hay nada. Eso significa fortalecer los sindicatos, significa formar comités de estudiantes, pensionados, mujeres, de todo el mundo que tenga algo que protestar y exigir. Por mucho tiempo la izquierda ha perseguido estrategias caudillistas mediante las cuales el descontento se busca convertir en votos. La experiencia colombiana demuestra que ese proceso no funciona de manera mecánica. En 1978 el malestar expresado en el paro cívico de 1977 no se convirtió en votos para la izquierda. En 2014 tampoco el malestar expresado en el paro agrario del 2013 se tradujo en votos. El “electorerismo” y las luchas populares tienen dinámicas diferentes. Lo que se lucha en la calle se ha de ganar en la calle. Si no se quiere perder este acumulado inmenso es necesario organizar a ese pueblo no como votantes individuales, sino en función de sus demandas concretas y de su capacidad de presión colectiva. La acción directa sigue siendo un mecanismo fundamental para avanzar en las luchas populares.

El segundo es la capacidad para mantener la movilización popular y lograr la convergencia de diversos sectores. Esto requiere encontrar mecanismos diversos que permitan a diferentes actores participar del descontento colectivo y expresarse. Marchas, cacerolazos, fiestas, hasta grupos de yoga ocupando las calles, acá todo vale a la hora de mostrar que hay un pueblo que está dispuesto a hacerse sentir en sus propios términos. Este pluralismo táctico es el que permitirá mantener la movilización viva y fresca. Esto es importante en una perspectiva temporal, el año entrante se vienen movilizaciones agrarias en todo el país, y para lograr los cambios estructurales, sistémicos, de fondo, que las clases populares colombianas requieren, será clave que la resistencia de los campesinos con la de los sectores urbanos estén en convergencia. Esta convergencia rara vez se ha dado en la historia colombiana.

Un tercer desafío es mantener la unidad del movimiento. Por ningún motivo se puede quebrar el Comité Nacional del Paro. La oligarquía, tradicionalmente, ha utilizado la estrategia de dividir y vencer para dominar al pueblo y ha sido exitosa en aplicar esta política. Si no, basta ver el paro agrario del 2013, una formidable movilización que terminó fragmentada en varias mesas de negociación divididas por región y hasta por rubro económico. Hasta el sujeto campesino se había disuelto al final de las movilizaciones para dar paso a sujetos maleables, como paperos, lecheros, cafeteros, cebolleros, etc. Todos divididos, además, por departamento, región o municipio. Así toda esa fuerza de dispersó y el movimiento fue contenido. Los próximos dos años, este movimiento se la pasó peleando no contra el modelo, sino peleando acceso a unos proyectos productivos que ni siquiera sirvieron de mejora para la situación del campo. Eso hay que aprenderlo, que acá la unidad no se puede arriesgar por nada. El estudiante, el profesor, la dueña de casa, la trabajadora, el campesino, la pensionada, todos tienen exactamente los mismos problemas en este modelo económico.

El último desafío es, precisamente, convertir las demandas puntuales en una propuesta de modelo alternativa, que modifique las bases mediante las cuales en un país rico la mayoría debe sobrevivir con toda clase de malabares, mientras una minoría ínfima vive en una riqueza obscena. Acá las consignas no bastan y se requiere pensar en propuestas concretas que permitan ir superando ese capitalismo que hoy devora las entrañas del país, que deforesta el Amazonas, que seca los páramos, que no le garantiza futuro a la inmensa mayoría de los colombianos. Ya no se puede tratar de seguir legitimando, mediante las negociaciones, a un Estado y a un modelo que son incapaces de generar respuestas a la altura de la crisis que se vive. La iniciativa, hoy, reposa en el campo popular. Esperemos que los procesos organizativos sepan mantener esta iniciativa en los próximos días y meses.

Nota

[1] Para refrescar la memoria, hay un artículo que escribí con vínculo a la alocución de Juan Gossaín, que está transcrita “Esto es un crimen monstruoso” DAS política y la fascistización de Colombia – Anarkismo

Fuente: https://www.rebelion.org/noticia.php?id=262812&titular=reflexiones-en-caliente-sobre-el-paro-c%EDvico-en-colombia- 

La siembra del Odio: ¿resultado del fascismo de élite?

Por María Fernanda Quintero Alzate

Nov 25, 2019

Se comieron la carne y les tiraron el  hueso

LFS (Q.E.P.D)

I

El fascismo impone la siembra del odio en una sociedad, se representa bien sea en individualismos o colectividades. Las dictaduras del Cono Sur en América Latina del siglo XX lo reflejaron, hoy otras pseudodemocracias impuestas por los organismos económicos internacionales, estimulan y apoyan de manera servil derrocamientos de proceso populares y democráticas en pleno siglo XXI. No hay que confundirnos, América Latina grita con otra voz popular: un rechazo al odio político que quiere imponer el modelo político- fascista.

El fascismo se alimenta del gran capital- la acción y representación de una política aplicada hacia los territorios, de un lado se imprime la semilla del odio, basada en el miedo, que se extiende tanto individual como colectiva y de otro lado, el fascismo actúa en silencio, aguza en las ideas de un ser, lo copta y lo vuelve servil. El modelo Fascio, se regula por mecanismo de control propagandístico, político y económico de manera multiescalar en los territorios. De esta manera, hoy día el fascismo se presenta a escalas diferentes: las élites político-territoriales responden a un núcleo delineado, bajo un dispositivo central que propugna no solo dividir; sino colocar a su servicio ciudadanos para unificarlos y homogenizar fomentando la disgregación y colocar al fascismo de élite en las regiones.

 II

El fascismo se germina en el odio colectivo, hay un número de población que aún lo critica, pero en su espíritu servil lo postula en su núcleo, bajo acciones, lenguajes de señalamiento y descalificación que va desde lo individual a lo colectivo.  Ello, se refleja en las representaciones territoriales:  desprecio por las ideas opuestas, imposición de miedo, posturas y vejamen público, discriminación, segregación, acciones de disgregación. El fascismo coopta líderes, centraliza a su servicio las economías locales, descalifica, señala y propicia la muerte de seres que se rebelan a su modelo. En esa representación, no se distinga su hacer, todos se vuelven amigos y enemigos entre sí, porque el fascismo lo pide, lo forja, alimentando el servilismo hacia la instauración del modelo económico. Si, con ello tiene que acabar de manera cuántica, uno a uno con seres humanos lo hace, no importa la vida. En “razón del progreso” se asesina y se desaparece. Ello, implica una nube envolvente de caos, que impone trayectos militares, después económicos; por último culturales para sembrar odio bajo el miedo. Se legitima en este siglo XXI economías emergentes y mafiosas, se llega a senderos insospechados de autoritarismos donde caen unos y otros. Estas nuevas subjetividades de autoritarismo político se implementan en territorios locales. La actual fascio, se alimenta de las viejas directrices de pensamiento económico que vertieron el siglo XIX: “el progreso”

 III

El fascismo no es solo un tema ideológico, es un proceso gradual y político. Los pueblos afectados por la ignominia de un estado, se contraponen a los grupos económicos de élite local, que de manera servil hacen parte del dispositivo militar; el gran dispositivo de seguridad estatal que sostienen las grandes ofertas económicas de los territorios. No obstante, algunos seres arrastran un ideario de subliminar y postular a falsos profetas de la politiquería y de las economías emergentes. Todos al servicio del fascismo de élite, como espíritus serviles del modelo político impuesto.  Nadie salva a nadie. La libertad se confunde con el mesianismo y las falsas posturas de libertad que impregnan dos temas: el dinero y el poder político, dos vertientes abrazados en los territorios; que tienen una gran demanda internacional y que de maneras cuántica se llevan más de una vida. La eliminación de una población, no solo de manera física, sino moral, ética y política es el objetivo de las élites. El modelo político se apoya en los fascios les interesa alimentarse y llevar a líderes, para que corrompan a su población, son traidores al ideario colectivo; todo al servicio de lo inmediatez individual: el dinero y los políticos de turno para afianzar el modelo político de las élites fascistas de este siglo XXI.

 IV

En Colombia el fascismo de élite, se refleja en el gobierno de Iván Duque. El estado colombiano está corrompido, su maldad está extendida hacia las élites corruptas de carácter político y territorial. Un estado que recurre a grupos armados para hacer valer su poder y no escuchar a su pueblo, está atrasado, está podrido en sus propias aguas. Es un estado ignorante. Hoy Colombia en su modelo fascio, genera componentes multiescalares: centralización de poderes institucionales, estimula mafias organizadas, saqueo de los territorios por el gran capital promotor del fascismo. Las fuerzas fascistas en acoplamiento con el modelo político se delinean: la militarización por parte del gran dispositivo de seguridad nacional, para imponer el odio generando un control territorial y dominio económico. No obstante, la lucha popular es manifiesta. Los componentes del fascismo de élite, su propósito es romper y hacer que tambalee, una posibilidad de valoración de los territorios e imponer idearios subvalorados, para ello las élites recurren a interlocutores escasos de espíritus, anclados en la ambición, la codicia individual colocándolos al servicio del modelo. Hoy, la resistencia antifascista levanta su voz, el Pueblo pide cambios no reformas.

V.

Volver al inicio-Colombia lucha popular antifascista – En Colombia, pueblos enteros están confinados en un escenario macabro de hambre, destrucción, propiciado por el gran capital. El fascismo alienta las grandes fracturas geográficas, la corrupción entre unos y otros, bajo un odio perturbador que de manera irracional implique un rechazo y animadversión por las gestas populares.  El fascismo se dirige hacia una mente solitaria, avanza sus tentáculos hacia lo vulnerado.

El fantasma del fascismo, llega en la personificación de una clase política aberrante en las regiones. Ante ello, miles de seres humanos se encuentran atrapados en la perfidia política de unos, pero otros avanzan en resistencia popular al encuentro de la patria, vida o muerte. No hay marcha atrás, las gestas populares antifascistas no tienen reversa. No son los líderes que decidirán, es el pueblo que conducirá el trayecto. Se requieren espíritus nuevos, bajo una ética de carácter político, consecuente, no de revelación.   No es negociación lo que se pide al gobierno malvado de Iván Duque y su servilismo al gran capital. El pueblo necesita un cambio en el nuevo escenario político, desde dentro del corazón de las comunidades. Es la voz ciudadana contra el capitalismo exacerbado. El pueblo esta impecable, sin mediadores o posibles traidores a la causa. Esta gesta popular antifascista, implica ir contra el individualismo, la siembra del odio mediante el miedo, la desmoralización y la falta de una ética política. El pueblo luchador está en las calles, en contra de ese fascismo de paisaje- represor que se ve reflejado en los dormitorios, las ventanas, las puertas, la casa, el barrio, los ríos, veredas, en territorios acumulados de grandes riquezas, pero afectados por la imposición de las más miserable ignominia y abandono. En ese trayecto, se declara de manera impetuosa el paisaje de resistencia -popular, en las calles para hacer valer un derecho inscrito en la naturaleza-misma de miles de ciudadanos colombianos: la libertad de expresarse e indignarse ante la acumulación de vejámenes, y desconocimiento en los derechos.  Presidente Iván Duque no se equivoque, nuevas subjetividades políticas se trazan, el pueblo espantará la maldad extendida. El pueblo, bajo una gesta popular mantendrá el derecho a defender su libertad, bajo una voz popular de carácter político. En los más ínfimos rincones de Colombia, la lucha popular antifascista continúa.

Fuente: https://kaosenlared.net/la-siembra-del-odio-resultado-del-fascismo-de-elite/

El raro paro del 21. Hernando Gomez Buendia.

En Ecuador, las protestas duraron 11 días, se debieron al aumento del precio de la gasolina, hicieron retroceder al presidente y acabaron con la promesa imposible de un ajuste económico a las buenas.

En Chile, las protestas intensas duraron 12 días, se debieron a la rabia acumulada contra el modelo económico que estalló por la torpeza del gobierno cuando cerró el metro de Santiago y han llevado a la promesa de reformar la Constitución —lo cual no arregla el problema, que es la desigualdad—.

En Bolivia, las protestas duraron 20 días, se debieron a la reelección fraudulenta de Morales y acabaron en un gobierno de derecha que los indígenas se niegan a aceptar.

En Venezuela, las protestas duraron o han durado varios años y exigen la salida del chavismo, pero la gente se cansó de protestar y nadie ve salida ni futuro.

En Hong Kong van seis meses de protestas contra el dominio de facto de Pekín, y el problema no tiene solución. Las del Líbano tumbaron al gobierno corrupto y agravaron la quiebra del país. Las de Francia llevan más de un año, son fruto de la bronca difusa contra todo y tienen loco al presidente Macron.

2019 ha sido el año de las protestas callejeras en el mundo, pero esta vez con la tecnología de la web. En Bagdad, en Teherán, en Barcelona, en Lima o en São Paulo, las gentes utilizan las redes sociales y salen a expresar masivamente el descontento, los gobiernos se asustan, hay riesgo de torpeza policial, incidentes de violencia, represión y matanzas en ciertas condiciones, y arreglos más o menos eficaces y sensatos.

El paro de este jueves en Colombia duró un día y fue más bien una marcha multitudinaria que reunió descontentos muy diversos bajo el paraguas de resistir las reformas laboral y pensional, con episodios aislados de violencia y sin respuesta conocida o efectiva del presidente Duque.

Nada, pues, de la conspiración del Foro de São Paulo y de Maduro que dice el uribismo, nada del estallido que querían los extremistas y nos hacían temer los otros extremistas, poca brutalidad policial comparada con otros países, desmanes y saqueos que provienen de la desesperanza juvenil en las barriadas y son una granada a la espera de cualquier provocación.

Nada de liderazgos, nada de interlocutores, ninguna señal de que el presidente o su partido hayan entendido o quieran entender o puedan entender de dónde viene el descontento o que al pobre Duque se le ocurra algo distinto de las exhortaciones babosas a la unidad sin negociar con nadie, la insistencia en que el Gobierno ha hecho lo que no ha hecho y la promesa de que no habrá reformas cuando esas reformas están por venir.

Colombia está despertando del largo sueño-pesadilla que se llamó el conflicto armado, el presidente eterno y el Acuerdo de Paz. Las guerrillas se acabaron hace tiempo y ahora siguen las protestas normales y legítimas en una democracia tan injusta y excluyente como es la que tenemos.

El primer campanazo fue este “paro” que en realidad fue una marcha en el estilo peculiar de Colombia, mezcla de rebelión, descontento, vandalismo, caminata y fiesta ciudadana.

Vendrán otros campanazos. Y tendrá que manejarlos el presidente inepto que elegimos.

Fuente: https://www.elespectador.com/opinion/el-raro-paro-del-21-columna-892500

El 21N. Rodrigo Uprimmy.

Debo enviar mis columnas el viernes al mediodía. Estas reflexiones sobre el paro del jueves tienen entonces algo de provisional. Propongo seis tesis empíricas y un interrogante.

Primero, esta protesta del 21 de noviembre, que ya empieza a ser conocida como 21N, es histórica. Por distintas razones y a diferencia de otros países latinoamericanos, Colombia no tiene una tradición de movilizaciones masivas. Es entonces histórico que cientos de miles de colombianos nos hayamos volcado a las calles de las principales ciudades para protestar pacíficamente. Y que luego haya habido cacerolazos masivos pacíficos en distintas partes de las ciudades.

Segundo, las razones de la protesta son múltiples: algunos enfatizan las reformas pensional o laboral que algunos ministros han planteado; otros cuestionan la reforma tributaria en curso; otros invocan el incumplimiento del Acuerdo de Paz, los asesinatos de líderes sociales y reinsertados, la violencia contra indígenas, afros y campesinos, el bombardeo a niños, el fracking, etc. A pesar de esa diversidad, la protesta tuvo un elemento común: fue una movilización masiva contra el gobierno Duque, que está desconectado del país.

Tercero, las protestas, sin ser espontáneas, pues fueron convocadas por actores sociales como las centrales sindicales, el movimiento de mujeres o los estudiantes, carecen de un liderazgo claro. Esto es positivo pues muestra su carácter genuinamente democrático, pero es también negativo pues no es claro quién debe asumir eventuales negociaciones con el Gobierno para satisfacer las demandas múltiples expresadas en el paro.

Cuarto, la protesta fue esencialmente pacífica y llena de creatividad. Hubo consignas duras y tradicionales contra el Gobierno y el uribismo, pero hubo igualmente música, colores y afiches creativos, que ojalá se volvieran lemas movilizadores para una Colombia reconciliada, dentro de sus naturales diferencias y discrepancias. Recuerdo uno que me sedujo: “Seguiremos protestando hasta que el respeto a la dignidad humana se vuelva costumbre”.

Quinto, hubo actos de vandalismo, algunos graves, que merecen el rechazo de todos quienes apoyamos este paro nacional. Pero fueron actos de minorías, que estaban desconectadas de la dinámica de la protesta, que fue esencialmente pacífica. Es más, en muchas ocasiones, los manifestantes disuadieron a esos violentos.

Sexto, hubo igualmente en varias ocasiones un uso desproporcionado de la fuerza por la Policía, como lo muestran algunos videos que circulan en redes sociales. Esos abusos policiales deben ser sancionados y debe haber una reflexión profunda en el Estado sobre cómo evitar esos excesos policiales en el control del orden público, que lesionan y matan ciudadanos, y que minan la legitimidad, ya débil, de nuestras instituciones.

Esta histórica protesta, con todos sus bemoles, es una forma de despertar democrático. El interrogante es si fortalecerá o debilitará nuestra institucionalidad. Mucho dependerá de lo que haga el presidente Duque.

Un gobierno electo popularmente, pero que tenga además talante democrático en el ejercicio del poder, debe tener la humildad e inteligencia de escuchar las voces callejeras, la democracia en las calles. Una reorientación de la política frente a protestas masivas, como la del 21N, no es mostrar debilidad sino capacidad de rectificación democrática.

Aunque su vacuo discurso del jueves no da grandes esperanzas, el presidente Duque tiene la oportunidad de asumir un liderazgo democrático y de fortalecer las instituciones, reconociendo la legitimidad de la protesta y de las demandas sociales, y abriendo espacios genuinos de concertación. Si no lo hace, su escasa gobernabilidad se seguiría erosionando y las protestas se incrementarían.

Fuente: https://www.elespectador.com/opinion/el-21n-columna-892508

Publicado por:

David Macias

November 26

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