Vendettas en el Valle y Cauca. RS. 5 de diciembre del 2019.

Los nuevos rostros de la violencia en el Valle del Cauca.

La reaparición de cuerpos desmembrados en Buenaventura, decapitados en Tuluá y masacres en el Cauca hace temer que en esa región del país se reactivaron ajustes mafiosos de cuentas al peor estilo de los carteles mexicanos, y que buscan ganar terreno a punta de terror. ¿Qué pasa?

En menos de una semana, dos departamentos del suroeste colombiano sintieron la sevicia criminal con la que se imponen las nuevas bandas delincuenciales que buscan controlar rutas mafiosas, apoderarse de las ganancias locales del microtráfico o sencillamente sembrar terror. Y todo parece indicar que para lograrlo están usando técnicas tan macabras como las ejecutadas por los temidos capos mexicanos o en las peores épocas de la guerra mafiosa entre los carteles de Cali y Medellín.

El alcalde de Candelaria (Valle) denunció la existencia de una banda con presuntos nexos con el Cartel de Sinaloa.

Mientras que en Buenaventura (Valle) líderes de la Iglesia católica denunciaban que las temidas casas de pique (sitios donde torturan y descuartizan personas) nunca desaparecieron, en Tuluá se reportaba el hallazgo de dos cabezas humanas en bolsas plásticas; un día después encontraron los cuerpos. Y en el Cauca, las autoridades hacían el crudo balance de un fin de semana tan violento que en un mismo día se cometieron tres masacres en igual número de municipios, con nueve muertos.

Como telón de fondo de esos hechos, ambos departamentos registran el asesinato de líderes sociales y excombatientes de las Farc reincorporados a la vida civil tras la firma del acuerdo de paz. Además, el Valle aparece en el radar de la Misión de Observación Electoral (MOE) y de la Fundación Paz y Reconciliación como una de las regiones vulnerables ad portas de las votaciones que se avecinan: ofrece el penoso saldo de dos precandidatos a alcaldías asesinados; uno, herido tras sufrir un ataque armado en plena plaza pública; y un alcalde en ejercicio, atacado por sicarios, que salió ileso.

El tema de la inseguridad en el Valle es tan reiterado que solo este año el ministro de Defensa, Guillermo Botero, ha realizado dos consejos extraordinarios de seguridad. Uno fue en Buenaventura y el otro en Tuluá, pero irónicamente en esas dos ciudades es donde más hechos macabros ocurren. El primer asomo de esa estela violenta ocurrió el 9 de junio pasado, el mismo día que en Buenaventura se realizaba la presentación oficial de un proyecto por 7 millones de dólares, liderado por ocho empresas privadas y cooperación internacional. La iniciativa busca empoderar a las comunidades e incidir en las políticas públicas de la ciudad portuaria más importante que tiene Colombia sobre el mar Pacífico, pero que sigue sumida en el atraso, la pobreza y la violencia. En medio de ese evento, se conoció la noticia sobre la aparición del cuerpo desmembrado de un hombre.

Desde 2014, cuando la comunidad denunció la existencia de las temidas casas de pique, los porteños no habían vuelto a padecer semejante horror. Pero fue el mismo obispo del municipio, Rubén Darío Jaramillo, quien confirmó hace poco lo que era un secreto a voces: “Antes, cuando descuartizaban a la gente, tiraban el cuerpo al mar para que desapareciera. Finalmente, aparecía una cabeza, una mano, un tronco flotando en la orilla, y los pesqueros los encontraban. Ahora, los llevan a las zonas rurales y los entierran. Otro punto es que a los cuerpos les meten baldes con cemento, y van y los tiran al mar abierto”, dijo el obispo. Esa misma semana, la escena de horror se repitió, pero en Tuluá, al centro del Valle. En esa ciudad intermedia, los habitantes del barrio Rojas reportaron un macabro hallazgo: dos cabezas humanas envueltas en bolsas plásticas. Al día siguiente, hallaron los cuerpos en La Playita, una zona cercana al río Tuluá. Las víctimas fueron identificadas como Edwin Andrés Gutiérrez Saavedra, de 25 años de edad, y Cristian Andrés Mesa. Ambos se dedicaban a la extracción de material de río.

La Secretaría de Seguridad del Valle reconoce que la región está bajo una modalidad de violencia de gran impacto y reiteración de homicidios. El problema persiste por fenómenos de narcotráfico y microtráfico.

Para las autoridades esos crímenes fueron producto de un ajuste de cuentas entre bandas locales que se pelean las ollas para el expendio de droga. El coronel Guillermo Carreño, comandante del distrito policial en esa ciudad, argumentó que las cabezas “las dejaron como un mensaje”. Desde 2012 en Tuluá no se oía hablar de los decapitados; ese año la guerra a muerte entre dos capos de tercera generación, conocidos con los alias de Porrón y Picante, sembró el pánico con la aparición de al menos media docena de cuerpos decapitados, cuyas partes eran esparcidas por la ciudad como un mensaje de terror y dominio. En los primeros cinco meses de este año, el Valle ya registró 855 asesinatos, según cifras de Medicina Legal. Después de Cali, las ciudades intermedias con más homicidios son Palmira (55), Candelaria (31), Tuluá (39) y Buenaventura (38). De ese grupo llama la atención Candelaria, ya que se trata de un municipio de apenas 30.000 habitantes y que desde el año pasado sostiene una preocupante racha con 50 homicidios. Es tan desesperante la situación que el propio alcalde, Yonk Jairo Torres, a comienzos de año denunció la existencia de una banda con presuntos nexos con el cartel de Sinaloa, que estaría reclutando a jóvenes a quienes les exigen como prueba de ingreso “que deben matar a alguien”.

Jesús Antonio García, secretario de Seguridad del Valle, reconoció que en la región “estamos bajo una modalidad de violencia de gran impacto y reiteración de los homicidios”; y agregó que “se ha llegado a la conclusión de que el problema persiste por fenómenos de narcotráfico y microtráfico”. El mismo presidente Iván Duque presentó ante el país la recaptura de Greylin Fernando Varón Cadena, más conocido como Martín Bala, exjefe del Clan del Golfo y presunto capo de tercera generación de la mafia en el Valle. Las autoridades lo detuvieron el pasado 22 de mayo, en una operación que incluyó balacera con sus escoltas, persecución en carro y un choque.

Entre el prontuario criminal de Martín Bala, revelado por el presidente Duque, se incluyó que “era el jefe de una estructura que se conoce como la Gran Alianza, una unión de mafiosos que incorporaba a muchos delincuentes del norte del Valle”. Ese dato es relevante porque desde hace un par de años se habla de la intención de los viejos narcos por reagruparse, recuperar territorios, rutas y bienes, pero en su momento las autoridades desvirtuaron esa versión. Esa misma puja mafiosa se presenta en el Cauca, un departamento golpeado por los cultivos de coca, marihuana, minería ilegal, y la presencia de grupos armados ilegales como disidentes de las Farc, ELN, Clan del Golfo y los Pelusos. Así quedó demostrado hace dos semanas cuando esas organizaciones criminales habrían ejecutado tres masacres en tres municipios (Bolívar, Argelia y El Tambo), con el saldo fatal de nueve muertos.

En la primera incursión armada fueron acribillados tres miembros de una misma familia, en zona rural de El Tambo, tras ser interceptados por hombres con fusiles en la vía que conduce a la vereda Los Llanos. Luego de ese atentado, otra banda criminal atacó a dos antioqueños y un venezolano que departían en un sitio público del corregimiento El Plateado, en Argelia. Y en Bolívar, otro grupo armado ilegal asesinó a tres campesinos, sin razón aparente. El primero en reaccionar fue el gobernador del Cauca, Óscar Campo, quien no dudó en conectar la violencia que padece su departamento con los cultivos ilícitos y el narcotráfico. “La gran mayoría de estos homicidios tienen que ver con las dificultades que generan las economías ilegales”, dijo, tras insistir en lo que para él sería la solución del problema: “Lo hemos dicho a todas voces, las economías ilegales del Cauca necesitan sustitución, necesitan inversión; el proceso de paz en el departamento del Cauca, más que el anuncio del Plan de Desarrollo, necesita recursos”.

La situación de violencia es alarmante. Esta semana, dos arzobispos y cinco obispos de la zona se reunieron en Popayán y propusieron la creación de un grupo de Servidores de la Paz, que trabaje por las víctimas de la violencia, lo acordado en La Habana, se prohíba el uso del glifosato y se reactiven los diálogos con el ELN. Para empeorar, hace pocos días capturaron en el oriente de Cali a un hombre que llevaba dos morrales con 100 granadas de fragmentación. Pese a ese oscuro panorama, las autoridades aún están a tiempo de impedir que esa región del país se convierta en el salvaje suroeste colombiano.

La barbarie se ensaña contra los nasas

SEMANA visitó Tacueyó, resguardo indígena de Toribío, donde asesinaron a tiros de fusil y granadas a una gobernadora y cuatro miembros de su guardia. Crónica de este desgarrador capítulo que muestra cómo los grupos armados atacan sin piedad a las comunidades étnicas.

Barbarie criminal se ensaña contra los nasas en Cauca: ¿qué está pasando?  Las imágenes del velorio de los asesinados en Toribío recuerdan las épocas más duras de la violencia. Ahora se ensaña contra poblaciones indígenas de saberes milenarios. Foto: Mauricio

Desde Toribío hasta Tacueyó hay cuatro retenes del pueblo nasa; y otro más entre Tacueyó y la vereda La Capilla, hacia donde se dirigía la gobernadora indígena Cristina Bautista Taquinás el miércoles en la tarde. Ella y cuatro de sus compañeros cayeron muertos en medio de una carretera polvorienta. Cinco más quedaron heridos. Los detuvieron, les impidieron el paso, los bajaron de los vehículos y les dispararon a sangre fría. Las imágenes de cómo quedó la camioneta, llena de tiros, revelan la crueldad de lo ocurrido. Al día siguiente, cientos de indígenas acompañaron su despedida, en medio de gritos y lamentos. Las fotografías de ese velorio recordaban las épocas más duras de la violencia, y quizás una de sus caras más atroces: la que impacta comunidades con saberes milenarios que no tendrían por qué ser víctimas de la guerra.

Con los retenes, identificables por una guadua pintada de rojo y verde que cruzan en la vía, los indígenas tienen una manera de controlar la zona: salen a la carretera con su bordón de mando –única arma, único símbolo de autoridad– y piden documentos. Cada tanto decomisan carros y motos robados, queman panelas de cocaína, pacas de marihuana, desmontan armas y las desechan. De esta forma se aseguran de mantener la paz.

ONU e indígenas cuestionan militarización tras masacre en el Cauca

El miércoles, poco antes de la masacre, la guardia indígena había notado que hombres extraños andaban por los caminos de Tacueyó. Tras detenerlos en un retén, los identificaron. Se trataba de alias Barbas; alias Javier, supuesto coordinador de la columna Jaime Martínez; y alias Chinga, miembro de la estructura 6. Minutos después, aparecieron las dos camionetas del grupo armado al que los ‘blancos’ llaman disidencias, aunque los indígenas no distinguen entre estas y los paramilitares u otras bandas. Habían llegado los asesinos.

La forma como quedó baleada la camioneta de la gobernadora indígena y su guardia demuestra la crueldad y la sangre fría de los asesinos.

En otras épocas, los grupos armados respetaban la sabiduría ancestral, la autoridad de los indígenas sobre el territorio. Entonces, intentaban cumplir las reglas o pasárselas por lo bajo; aunque había tensión, los indígenas encontraban con quien dialogar, con esos hombres que en medio de los grupos armados se identificaban como políticos. Pero todo cambió después de la firma de la paz. La época del proceso fue tranquila y feliz, no había compradores de coca en la zona, no tenían extorsiones y mucho menos amenazas, pero luego de la entrega de armas comenzaron a aparecer bandas pequeñas. Hombres que no respetan nada.

Las imágenes de cómo quedó la camioneta, llena de tiros, revelan la crueldad de lo ocurrido. Al día siguiente, cientos de indígenas acompañaron su despedida, en medio de gritos y lamentos.

“Nosotros estábamos aquí en la iglesia y escuchamos esa tronadera, pensamos que era un enfrentamiento entre el ejército y las disidencias”, dice el pastor Freddy Riquelme, de la Iglesia Pentecostal Unida de Colombia, cuyo templo, enchapado con baldosines blancos y azules, se ubica en una de las montañas de la vereda La Capilla. Desde allá se ve Tacueyó, además de minúsculas casas que parecen colgadas de la montaña, y los invernaderos que cubren los cultivos de marihuana. Al lado del cadáver de Cristina Bautista, pálida, en un féretro blanco, el pastor dice que en el momento de la balacera oró a Dios, le pidió protección, pero Cristina Bautista, que desde niña había servido en la iglesia, moría, y el conductor de una de las camionetas prefirió lanzarse pendiente abajo en lugar de perecer a manos de hombres armados.

Víctimas de masacre en Corinto serían ingenieros

La camioneta Toyota Prado con blindaje de nivel tres, en la que viajaba Bautista, sigue atravesada en la carretera. Esa misma mañana del jueves, antes del sermón de despedida a los difuntos, los campesinos trataban de mirar por los huecos del vidrio. Pero no veían nada, aunque se esforzaran; trataban de abrir las puertas, pero no cedían. “Los mataron a quemarropa”, dijo alguno y luego señaló el lugar donde el Ejército encontró granadas sin estallar, “porque también les tiraron granadas, y cuidado, que hay amenaza de que exploten un tatuco por estos días y a esa gente no les gustan los extraños”. Horas después, en Corinto y Caldono, hombres armados asesinaron a cinco personas más.

La iglesia está llena, unas 500 personas se turnan las sillas, hacen fila para ver los cadáveres de Bautista y de Asdrúbal Cayapú Campo, a quien todos llamaban el Culebrero por su extraña manera de domar serpientes. En el altar hay un sintetizador y una batería electrónica, suena una canción que dice “Dame tu vida, esa clase de vida, que sabes dar” mientras familiares y amigos, compungidos, se recuestan sobre los ataúdes. El pastor no sabe quiénes asesinan, afirma, y recalca que la casa de Dios está abierta para todos, que él puede orar por todos. Sin embargo, no lo puede hacer a cualquier hora. Desde hace más de dos años no realiza vigilias, y los cultos que empiezan a las cinco y media de la tarde no demoran más de una hora, todo un reto para un hombre que puede perder la noción del tiempo, arrebatado por el Espíritu Santo, hablando en lenguas e imponiendo manos sobre enfermos.

Acompañan el velorio altos consejeros y sabios de los pueblos indígenas del Cauca, reconocibles por sus sombreros tejidos en cabuya con una cinta de colores. Uno de los más importantes, Libardo Fernández, miembro de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca, pronuncia suavemente las palabras, como diciendo un secreto. “Ahora, uno ya no sabe qué esperar, porque lo que hay son un montón de grupitos de 15 o 20 personas que se autodenominan disidencias, pero que buscan la coca y la marihuana, se enfrentan entre ellos y nos matan a nosotros. Aunque sí nos dan mucho miedo los panfletos que dicen que el cartel de Sinaloa está aquí, ¿cómo es posible que al Gobierno se le meta un cartel extranjero al país?”, dice Fernández.

La comunidad tiene miedo porque han aparecido panfletos que advierten sobre la llegada de miembros del cartel de Sinaloa a la región.

Los indígenas reconocen que las disidencias nada tienen que ver con las antiguas Farc, pues no hay un orden de mando y los hombres son muy distintos a los que acostumbraban ver. “Nosotros no queremos ningún tipo de violencia en el territorio y, por eso, hacemos retenes. A ellos les da rabia que les quitemos la coca y la quememos ahí mismito, o que les quitemos esos carros robados, y nuestra única arma es este bastón, mire, no tenemos nada más y luego vienen y nos asesinan”, dice uno de ellos.

Los indígenas tienen una manera de controlar la zona: salen a la carretera con su bordón de mando –única arma, único símbolo de autoridad– y piden documentos. Cada tanto decomisan carros y motos robados, queman panelas de cocaína, pacas de marihuana, desmontan armas y las desechan.

Cantaron, y el pastor recordó a Cristina Bautista como una fervorosa creyente que ‘discipulaba’ compañeros en la universidad y veía en su trabajo con las comunidades indígenas una extensión del reino de Dios que busca justicia y paz. Después, el senador Feliciano Valencia se dirigió a la comunidad en la lengua nasa para luego seguir en español. Se refirió a la intervención de 2.500 soldados que prometió el presidente Iván Duque. “Tenemos 2.700 hombres del ejército en el Cauca y cuatro batallones de alta montaña, lo que necesitamos es que entiendan las necesidades del territorio”.

Luto y tristeza en el Cauca por masacre de una gobernadora indígena y cuatro guardias

Las necesidades del territorio: mejores carreteras –solo permiten andar menos de 10 kilómetros en media hora–, proyectos productivos que no terminan de llegar, control del narcotráfico, capturas eficaces, atención social. La lista es larga, dicen los indígenas, y entre ellos está Ubianed Bautista, prima de Cristina. Dice que desde la firma de la paz prefirió irse a vivir a Santander de Quilichao porque había muchas amenazas y no podía salir de noche. De igual modo, su hija necesitaba estudiar. “Aquí estamos abandonados totalmente, y, como si fuera poco, nos matan como mataron a mi prima, que era un mujer buena, entregada a la comunidad”.

“Tenemos 2.700 hombres del ejército en el Cauca y cuatro batallones de alta montaña, lo que necesitamos es que entiendan las necesidades del territorio”.

Un hombre cercano al pastor señala que los asesinos no son los antiguos guerrilleros que había en la zona, pues entre ellos y la comunidad indígena había tensión pero respeto. Además, “un indígena no mata a otro indígena, somos hermanos”. Sostuvo que en los nuevos grupos armados hay paisas, caleños, hombres de Buenaventura y venezolanos, todos violentos y furiosos que no ven más allá de su propia avaricia. El hombre se cuida de que no lo escuchen, pues justo a sus espaldas hay tres hombres no indígenas: altos, morenos, corpulentos. Ríen como hienas.

Fuente: https://www.semana.com/nacion/articulo/disputas-entre-bandas-criminales-aumentan-la-violencia-en-valle-y-cauca/622289

Publicado por:

Horacio Duque

December 05

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